El artículo de Camilo José Cela

 

Un viaje en el tren

 

En la bajada de la estación, algunas mujeres ofrecen al viajero tabaco, plátanos, bocadillos de tortilla. Se ven soldados con su maleta de madera al hombro y campesinos de sombrero flexible que vuelven a su lugar. En los jardines, entre el alborotar de miles de gorriones, se escucha el silbo del mirlo. En el patio está formada la larga, lenta cola de los billetes. Una familia duerme sobre un banco de hierro, debajo de un letrero que advierte: Cuidado con los rateros. Desde las paredes saludan el viajero los anuncios de productos de hace treinta y cinco años, de los remedios que ya no existen, de los emplastos porosos, los calzoncillos contra catarros, los inefables, automáticos modos de combatir la calvicie.

El viajero, al pasar el andén, nota como un ahogo. Los trenes duermen, en silencio, sobre las vías, mientras las gente camina sin hablar, como sobrecogida, a hacerse un sitio a gusto entre las filas de vagones. Unas débiles bombillas mal iluminan la escena. El viajero, mientras busca su tercera, piensa que anda por un inmenso almacén de ataúdes, poblado de almas en pena, al hombro el doble bagaje de los pecados y las obras de misericordia.

El vagón está a oscuras. Sobre la dura tabla los viajeros fuman, adormilados. De cuando en cuando se ve brillar la punta de un cigarro, se  oye el chasquido de una cerilla que ilumina unos instantes, una faz rojiza y sin afeitar. Unos obreros se sientan, con la chaqueta al hombro, la fiambrera envuelta en un pañuelo sobre las rodillas. Sube al vagón un grupo de pescadores –el cestillo de mimbre en bandolera– que colocan, con todo cuidado, las largas cañas de pescar. Entran mujeres de grandes cestas al brazo, campesinas que han bajado a Madrid a vender huevos y chorizo y queso, y a comprar una tela estampada para un traje de domingo, o una gorra de visera para el marido. Dos guardias civiles se acomodan, uno enfrente de otro, en un extremo del departamento, al lado de la puerta, debajo del timbre de alarma y de la placa de loza con el extracto de la legislación de ferrocarriles.

Se apagan las luces del andén y la oscuridad es ya absoluta. A última hora aparecen, subiéndose al tren de un salto, soldados de caballería que van a Alcalá de Henares, que hacen todos los días el mismo viaje.

El tren sale; son ya las siete. De repente, al escapar de la marquesina, el viajero descubre que ya es de día. Dos trenes salen a las misma hora y corren, paralelos, hasta que el otro tira para abajo, camino de Getafe. Es gracioso verlos correr, uno al lado del otro, mientras los viajeros se agolpan en las ventanillas para mirarse. Algunos se saludan con la mano y dan gritos como animando al tren a correr más. En el fondo –no se sabe por qué–, los viajeros de un tren envidian siempre un poco a los viajeros de otro tren; es algo que es así, pero que resulta difícil de explicar. Quizá sea, aunque no lo vean muy claro, porque un viajero de tercera se cambiaría siempre por otro viajero, aunque fuera de tercera también.

Sobre la ciudad brilla un violento cielo sonrosado, terso como un espejo, un cielo que parece de cristal de color. Durante mucho tiempo el tren corre entre vías y entre montones de carbón. Se ven máquinas fuera de uso, viejas locomotoras ya jubiladas, que semejan caballos muertos en la batalla y puestos a secar al sol. En un vagón sin enganchar, en un vagón solitario, se agolpan docena y media de vacas negras, de largos cuernos y ubre peluda y escasa, que esperan estoicamente la hora de la puntilla y del ancho cuchillo de sangrar. El viajero piensa que los animales estarán muertos de sed, sin saber demasiado a ciencia cierta qué es lo que les pasa.

El sol aparece sobre el horizonte al cruzar el último cambio de vías de la estación, la última señal, el último disco. Aún no hay niños jugando por los barrios extremos. A lo lejos, al sur, se ve, aislando, el cerro de los Ángeles. En campo está verde y crecido; no parecen los alrededores de Madrid. Entre los sembrados, un campo sin cuidar, un campo de amapolas meciéndose, suaves, a la ligera brisa de la mañana. El tren marcha ya por la vía libre cuando el viajero se aparta de la ventanilla, se sienta, enciende un cigarro y echa la cabeza para atrás.

Al pasar por el apeadero de Vallecas, se rompe violentamente el silencioso aire del vagón. Un hombre, con una americana color lila, un pañuelo al cuello y un diente de oro, ofrece a voz en grito unas tiras de cartas de la baraja que llevan un numerito por detrás.

–¡A probar suerte, señoras y caballeros; un paquete especial de caramelos finos o una bolsita de almendras, a elegir!¡A perra chica, la carta! ¡Después rifaré, en honor del respetable, la muñequita Manolita, el juguete sensación!

El viajero quiere tentar fortuna. Compra una tira y se queda con ella en la mano, un sí es no es indeciso. El viajero tiene poca práctica en el juego. Levanta la cabeza y mira por la ventanilla. Hacia el norte, en el horizonte, se ve la sierra de Guadarrama con algunas crestas –la Maliciosa, Valdemartín, las Cabezas de Hierro– todavía cubiertas de nieve.

El hombre del diente de oro ha dicho lo de la mano inocente y ha descubierto una carta.

–¡El dos de espadas! ¿Dónde está el dos de espadas? ¡A ver el agraciado!

Al viajero no le tocó; sus dos reales los tenía en sotas, en caballos y en reyes. El dos de espadas lo tiene un hombre que no sonríe siquiera. Coge el paquete especial de caramelos finos sin mirar a nadie, casi con displicencia, como para dar a entender que está acostumbrado a recibir noticias importantes sin inmutarse. Todos le miran y es posible que alguien le admire también. ¡Vaya manera de encajar!

El viajero siente un poco la obligación de quedar bien. Nota algo así como una súbita iluminación, y levanta la voz:

–Déme los treses; ahora tocan treses.

Por Vicálvaro pasó el revisor picando los billetes.

–¡Así se habla! ¡Este caballero se va a llevar el premio por dos gordas! ¡Ahí van los treses!

El viajero entorna los ojos y espera. Confía en oír, dentro de poco: ¡El tres de...! El viajero piensa responder, cortándole: No siga, tengo los cuatro. Se ven, a la derecha, unas colinas verdes con hendiduras rojas, de arcilla. Un compañero de viaje lee un semanario taurino. Una avispa vuela sobre el cristal, para arriba y para abajo. La voz del hombre de la chaqueta color lila retumba por todo el vagón:

–¡El siete de copas! ¿Quién tiene el siete de copas?

El viajero tiembla de pies a cabeza, nota latir el corazón con violencia, siente la boca seca, aprieta los ojos. El viajero teme que todas las miradas estén fijas en él, clavadas como dardos, sonriendo con malicia, como diciendo: ¿Dónde echó usted sus treses? El viajero piensa, no sabe por qué, quizá para distraerse, en el agua de un río pasando por debajo de un puente. Cuando abre los ojos, poco a poco, ve que nadie mira.

 En San Fernando de Jarama se apean los pescadores. Se cuelgan la caña al hombro, como si fuera un fusil, y tiran, uno detrás de otro, por un sendero que les acerca hasta el río. Al otro lado del río pastan unos toros de lidia, negros, solitarios, silenciosos, gordos, relucientes, llenos de majestad. El día está diáfano y el campo luce como una postal, con su trigo verde, sus flores rojas y amarillas y azules.

En Torrejón de Ardoz hay un factor de estación que usa gafas de sol, es un hombre moderno. El viajero se da cuenta de que Ardoz, estación y sol, son asonantes. Entonces piensa un ratito y dice, entre dientes:

Está el vagón de tercera

enfrente del W.C.

En un letrero se lee

esto: Torrejón de Ardoz;

y por el andén pasea, con sus gafas para el sol

y su gorra de visera,

el factor de la estación.

 

El viajero se ríe por lo bajo. Se suben al tren unos obreros que parecen indios pieles rojas. Tienen la cara llena de surcos, hondos como navajazos, y el pelo negro, pegado a la frente. Se sube también un hombre gordo, con aire de feirante, que va fumando un puro. Son las siete y media de la mañana. El viajero hace un sitio a su lado al hombre del puro.

–Agradecido.

–No hay de qué.

El hombre se quita el sombrero y se pasa el pañuelo por la cabeza.

–Va a hacer calor.

–Sí.

–¡Como no tengamos tronera!

El hombre resopla mientras se acomoda. Se saca el puro de la boca y lo mira. Tiene los dientes del color de la tierra y grandes como los de los burros.

–Y lo que yo digo, ¡como no acabe viniendo la piedra!

–¡Ya, ya!

El hombre saca el librillo de papel de fumar, aparta dos o tres papeles y se los pega al puro con saliva.

–Así, con camiseta, queda mejor.

–Claro.

–Es que si no, no tira, ¿sabe usted? Estos puritos suelen salir un poco duros.

Al viajero le vienen doliendo los pies desde que salió de Madrid. Las botas nuevas es lo que tienen, que a veces hacen daño y crían ampollitas. Revuelve en el morral y saca otro par de botas de lona con suela de cáñamo.

–Parece que lleva malos los pies.

–Sí algo.

–Es natural: las botas nuevas.

–Claro; ya lo dice el refrán.

El hombre del puro mira para el viajero. Parece que va a preguntar: ¿Qué refrán? Pero al final no dice nada.

Con un maletín en la mano va por el pasillo otro hombre fumando otro puro. Éste tiene aire de practicante; es un chico fino que lleva una camisa a rayas, salmón y blancas.

Por Alcalá de Henares pasa el tren a las tapias del cementerio. Sobre el río flota, como siempre, una tenue neblina. En Alcalá de Henares se apea mucha gente, queda el tren casi vacío: los pescadores que no se echaron abajo en San Fernando, los soldados de caballería, los hombres de la negra visera; las gruesas, tremendas, bigotudas mujeres de las cestas. Una señorita rubia, con aire de llamarse Raquel o Esperancita, o algo por el estilo, con un peinado lleno de ricitos y de fijador, y un jersey de franjas verdes y coloradas, coquetea con un guardia civil joven que lleva el bigote recortado en forma, como dicen los peluqueros. El viajero piensa en el amor. El viajero tiene, en su casa de Madrid, un grabado francés que se titula: L´amouret le printemps. Por el andén pasa un mendigo barbudo recogiendo colillas. Se llama León y lleva unas alpargatas color azul celeste. Un hombre le dice: Ven, León, que te tengo mucho cariño. ¿Quieres un pitillo? Cuando León se le acerca, le da una bofetada que suena como un trallazo. Todos se ríen mientras León, que no ha dicho ni una palabra y que lleva los ojos llenos de lágrimas como un niño, se marcha silencioso, mirando para el suelo, agachándose de trecho en trecho para recoger una colilla. Desde el final del andén, León vuelve la cabeza. En sus ojos no hay ni cariño ni odio; parecen los ojos de un ciervo disecado, de un buey viejo y sin ilusión. Va sangrando por la nariz.

En Meco, el carro de un lechero espera, en el paso a nivel, que termine de pasar el tren. Unas mujeres de luto llevan cubos de agua. El campo sigue verde, florecido. El viajero va comiendo albaricoques, que saca del morral.

–¿Usted gusta?

–Que aproveche.

El hombre del puro no tiene, efectivamente, aire de comer albaricoques.

En Azuqueca, cuatro muleros aran la tierra. A los de Azuqueca, según le explica al viajero el tío del puro, les llaman cluecos, de mote, porque se cuenta que acostaron una gallina, clueca con doce huevos y, por más esfuerzos que hicieron, no consiguieron sacar trece pollos.

El tren marcha, a orillas del Henares, ya hasta Guadalajara. Al final va rápido; parece como si llevara prisa.

Poco antes de llegar a Guadalajara, la gente carga sus bultos y se agolpa en las plataformas  y en los pasillos. El viajero baja el último; lo que tiene que hacer, se hace lo mismo un cuarto de hora antes que después. También se puede dejar sin hacer; no pasa nada.

 

Recogido en Viaje a la Alcarria, capítulo "Camino de Guadalajara", Madrid: Revista de Occidente, 1946.

 


 

 

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