El artículo semanal de Camilo José Cela

 

 

OTRA VEZ LA CIUDAD

 

"El signo de setiembre es el regreso. Su héroe muy bien pudiera ser el hijo pródigo, el galán harto ya de deambular y de zascandilear, lejos de la mirada del padre, ignorado por la mirada del padre. El nueve, la cifra de setiembre, es un garabato que vuelve, una insignia que mira hacia el poniente. Su color es un color de ocaso, un color tenue y simbólico, el color en el que Van Gogh, antes de cortarse la oreja, ya había mojado sus pinceles; aquel que Jean Arthur Rimbaud no quiso para ninguna vocal.

El escritor, con setiembre desperezando ya la rosa pagana del otoño, dio una larga torera al campo –ese campo difícil de entender, en el que cada camino, cada olmo, cada fuente, es una larga torera con la que se nos recorta el alma- y regresó a la ciudad, ese tren ignorado y atroz.

La ciudad, con la entraña al viento, igual que un monstruo herido, sobrecoge el ánimo del escritor, que es un hombre animoso, quizás, pero con el ánimo diáfano y quebradizo como el cristal.

La ciudad es una institución, un cuerpo que no colma las ansias del escritor. El escritor es un hombre que fue hecho, probablemente, para pastor de cabras o para marinero de bergantín. Soplar aires ingenuos en una flauta o acariciar, como un dolor inmenso, el teclado de un viejo acordeón, son las lejanas metas que el escritor añora. Igual que el preso añora la libertad, o el enfermo la salud, o el buitre viejo las alas de la joven golondrina.

El escritor, ya en la ciudad, vaga, atónito y evadido, por las calles que rebosan misterio, entre las gentes que tienen a gala ignorarse, a la sombra de las muchachas que nunca estuvieron en flor, al amparo de los corazones que se resisten tercamente, cruelmente, a ampararlo.

Y el escritor, de vuelta a la ciudad, se pregunta qué es lo que ha venido a hacer a la ciudad.

Con una tristeza que no le cabe en el hondo vaso del alma, el escritor procura sonreír a la ciudad que no quiere sonreírle, y piensa, como un niño pobre al que invadiera el frío, en los vagos, en los imprecisos pensamientos que confortan, casi amorosamente, los ritmos del corazón.

La ciudad es la oficina, el taller del escritor. El campo es esa novia sonriente que nos espera, siempre con el mismo bellísimo trajecillo, a la salida.

La ciudad hiede a confinamiento. O a producto de laboratorio y cirugía estética. O a papel de oficio.

El campo es el inmenso mar de los mil nutricios aromas que se descubren cada mañana. El olor del ganado que arrean, cañada abajo, los mozos de las piernas de hierro. Y el de las tímidas florecillas silvestres que patea el jabalí. Y el del heno que el toro convierte en casta y quizás en historia. Y el de las tiernas bestezuelas que leen el catón, sílaba a sílaba. Y el del vino que cuece en el lagar. Y el de la morcilla que cuelga de la vida de roble. Y el del membrillo que guarda el viejo lino del arcón de palo santo, aquel que llegó, nadie sabe cómo ni cuándo, en la panza de un galeón, desde las lejanas tierras que quedan al otro lado del mar.

Sí. El escritor, ¡él bien lo sabe!, ha vuelto a la ciudad, está de nuevo en la ciudad, diluido en su batiburrillo, escaldándose de nuevo en el agua fría de la ciudad.

En estos días el campo es para el escritor todavía un recuerdo que le nutre con la espesa savia de las mejores intenciones. A veces, un cuchillo clavado en pleno pecho puede reconfortarnos con las tibias temperaturas de la sangre.

El escritor, tragado por el monstruo de la ciudad, como el profeta Jonás por la ballena bíblica, piensa en el campo abierto, en el campo sin puertas, en el campo donde los sentidos son todavía cinco vírgenes paseando de la mano.

Pero el escritor, que tiene que ordenar sus revueltos papeles, ha de resignarse a la ciudad, ha de atenerse a las circunstancias de la ciudad. Mal que le pese, aunque procura –por aquello de que a mal tiempo buena cara- que no le pese mal.

Si el escritor, como alguna vez pensó, se decidiese a tirar por la borda –que es una de las formas, quizás la más heroica y la más elemental del orden- todos sus revueltos papeles, es posible que la ciudad le lastrase las alas con menos plomo.

Pero el escritor, como el marinero y como el campesino, es hombre de apacible y, quizás, débil voluntad. ¡Qué le vamos a hacer!"

 

 

Recogido en Cajón de sastre, Madrid: Cid, 1957

 

 

<< VOLVER