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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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SETIEMBRE
“El mes de setiembre, con su manso vuelo de ave, cae, cautelosamente, sobre el albiverde, sobre el dorado campo de vila, sobre las navas del galgo y de la liebre, el montecillo del lobo y la perdiz, el pinar del mirlo y de la ardilla voladora, el alto risco de la cabra y del alcotán. Suena en el aire diáfano la cítara que anuncia el otoño que nace, ese tiempo de una doliente y hermosa languidez, y afán retumba más allá de los montes que velan el sueño del paisaje, el remoto tronar del estío que marcha, camino de otras latitudes, al hombro el hatillo de los calores sin piedad y en la mirada un inclemente, y abrasado, y mortal amor. Canta más temprano, en la tarde desmayadamente moribunda, la zagala que pastorea puercos en las eras -cualquier princesa- y el sol, como un galán enamorado, viste su ardorosa mirada con el pudoroso velo de las primeras y más tenues nieblas, las nieblas vírgenes que no salen de noche, que tan sólo asoman, como novicias demasiado jóvenes, en los dos crepúsculos: quizá para irse haciendo al pensamiento de que en esta vida mortal nada es ni nada existe fuera de la vida y la muerte. El mes de setiembre representa la equilibrada mesura a caballo de un calendario excesivo. Sobre los meridianos rebosantes, como las copas de los banquetes nupciales, de todo lo demasiado bueno y de todo lo demasiado malo, el dulce mes de setiembre, ese lago apacible sobre el que navega la airosa góndola del sentimiento, se nos presenta, año tras año, como un perdón esperado, como una bendición que recibimos con la duda de que no nos la merecemos, latiendo, con un latido casi imperceptible, allí en el misterioso y sombrío fondo de nuestra conciencia. Setiembre debiera querer decir clemencia en el vocabulario que guarda los significados que todavía no han adquirido las palabras. Como un fresco baño de tolerante, de tibio bienestar, setiembre puede dar la señal en los más dilatados e inciertos calendarios, de esa piedad que, como la salud, el mundo pierde por inmensas, por bien medidas arrobas. Esos hombres que quedan -uno en cada pueblo catalán, en cada pueblo gallego, en cada pueblo castellano, en cada pueblo andaluz- insobornables a todo lo que no sea el acompasado latido de su propio corazón, saben bien cuánta razón asiste al tímido, al cauteloso defensor de setiembre: este mes que se inventó para predicar la moderación y para luchar, moderadamente, contra el desafuero. Setiembre no es un mes heroico, es un mes honesto. Setiembre no es un mes radiante y luminoso; tampoco es un mes siniestro y lóbrego. Setiembre no es un mes lúcido y espectacular, es un mes amable, un mes, probablemente, invertido; un tiempo para andar sin gafas de sol, aunque también sin bufanda. El secreto encanto de setiembre se apoya, quizás, en su amable y recoleta belleza, una belleza como la de la lavandera que lava gruesos, antiguos manteles de hilo a la sombra del sauce airoso o del molino poblado por los viejos rumores. El mes de setiembre, con su vuelo de mansedumbre, cae sobre el campo, sobre el mar, sobre la ciudad, como una invitación al sosiego, igual que un convite a la mesa -suculenta, por otra parte- de la ponderación y del equilibrio. El escritor piensa que sería un saludable ejercicio del espíritu el cogerle cariño a setiembre, ese mes cariñoso y puntual, sensato y amable, leal de la mejor lealtad e ingenuo de una sabia ingenuidad tan vieja como el mundo. Chifla en su silbo de caña la canción pastoril el pastorcillo aún, niño que ya sabe de los temerosos andares del lobo, y setiembre, como un eco, le devuelve las notas saltarinas, primarias, de su flauta, esas notas que, como las cabras del refrán, tiran al monte porque van henchidas de la sustancia del mundo mismo, esa carne o ese impalpable aire montaraz. En setiembre se escuchan mejor los pulsos del mundo, la canción, del mundo, el hondo respirar del mundo. Como si los oídos del alma se destapasen, de repente, a todas las sorpresas, la orquesta de setiembre los invade con su cadencia, con esa melodía sosegada que todos conocemos y que todos, como el príncipe de la fábula, olvidamos cada mañana. Setiembre, como un dardo gentil, marcha volando sobre la geografía y sobre el reloj. Quienes sepan leer su di fano mensaje no deben desaprovechar la ocasión aleccionadora. Y quienes aún no hayan aprendido a descifrar su claro símbolo, tampoco deben dejar pasar de largo este momento propicio. Porque setiembre, queremos decir, es la llave que guarda un manantial que no se agota.”
Aparecido por primera vez en La Vanguardia, Barcelona, 3 de septiembre de 1950 y publicado en Cajón de sastre, Madrid: Cid, 1957
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