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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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DIÁLOGO SOBRE EL ERROR Y EL HUMOR
“- Todos erramos con mayor o menor entusiasmo y aplicación, unos más que otros pero todos erramos, y mientras no renunciemos a aspirar a algo, al amor, a la salud, a la buena fortuna, todos seguiremos moviéndonos en el error, es un consuelo precario pero nutritivo, reconfortante, quizá escandaloso, pero también airoso, gracioso, curioso y muy confusamente literario. - Esto queda un poco más allá de Goethe, ¿no cree? - Sí, es posible que no vaya usted desencaminado. Don Ildefonso de la Vega Carpio, ejecutivo agresivo y presidente honorario de los boy-scouts de Tarazona de la Mancha, Albacete, estaba siempre de muy mal humor, tomaba unas pastillas para estar siempre de mal humor. - Me ha escrito el Prof. Dr. Norbert Schwarze, de la Universidad de Münster, para advertirme que el buen humor resta sentido crítico y capacidad de análisis y que el mal humor es mejor consejero que la euforia a la hora de tomar decisiones. Estas pastillas, ¿quiere usted una?, propician el mal humor. - A lo mejor el Prof. Dr. Schwarze y usted están equivocados de medio a medio, yo no lo sé, yo no soy quien para saberlo, pero le recuerdo otra vez a Goethe cuando afirmaba que los errores del hombre son los que le hacen digno del amor. - ¿Lo dice en <<Fausto>>? - No, lo dice en <<Máximas y reflexiones>>. - Cuando tengo que tomar una decisión grave procuro ponerme de mal humor para no errar, de lo que no estoy jamás seguro es de acertar. -¿Le duele demasiado equivocarse? - No: me duele bastante, es cierto, pero quizá no demasiado. Schiller decía que el error es vida y el saber es muerte, los alemanes han jugado siempre a la paradoja. Nadie debe buscar jamás disculpas para la crueldad irresponsable; es muy fácil convertir a un soldado asesino, basta con soplarle a la oreja que las armas son para ser usadas. Cualquiera puede ser la inmediata mínima causa del buen o del mal humor: la cara del conductor del autobús, una moneda que duerme en el suelo, la paloma atropellada por un taxi sangrando en el alcornoque de un árbol, una mujer con las medias caídas, un niño tosiendo, un ciego que no encuentra quién le ayude a cruzar la calle, etc., las decisiones más graves se agazapan tras la puerta del cuarto trastero en el que habitan adormecidas por la oscuridad, las más sutiles esencias del error y del acierto; es muy fácil convertir a un sandio a un memo en asesino, basta con soplarle a la oreja la idea de que Dios armó su brazo para la venganza. - ¿Usted cree que todos los infieles acaban ardiendo en el infierno? - No, no lo creo, es posible que alguno pueda llegar a salvarse. Y es lástima, se lo aseguro, porque me gustaría mucho creerlo."
Recogido en El Camaleón Soltero; Madrid, Grupo Libro 88; 1992 |