El artículo semanal de Camilo José Cela

 

EL CEMENTERIO INUNDADO

 

"Las aguas remiten lentamente, como los forasteros arregostados en las eternas fiestas del patrón, las praderas verdes, los campos del pan de maíz y las huertas de coliflores airosas como palmeras vuelven a aflorar a la luz del sol que brilla como si no hubiera brillado jamás.

Son los días que siguen a la chea sobre la vega de Padrón. El aire ha cobrado una insospechada claridad, y los pájaros, recién bautizados, los pájaros que alcanzaron a tiempo la motorizada y tímida arca de Noé, 1947, vuelven de nuevo a volar, aurosos y luminosos como nunca antes lo estuvieron, sobre la tierra que, poco a poco, como una casta esposa, se va dejando ver.

Suena un vientecillo fresco entre las torres de Santa María y se palpa un rumor de tibieza vagando sobre la noble y vieja plata del robledal.

Voltean gozosas las campanas de cristal y bronce de Bastabales, y un deleitoso cosquilleo corre, saltando a un loco compás como una ardilla soltera, por el bosque secular.

Andamos por el valle, donde el dolor desgarrado o los jirones de la tragedia no tienen cabida, y una sonrisa que llena el espíritu de sosiego cruza las tierras que que, con menos antigüedad, hubieran roto en pedazos esa pausada ironía del hombre que se sienta a la puerta de su casa, con sus hijos, su ganado, su mujer y sus ropas, a ver cómo el tiempo se distrae secando lo que el mal tiempo mojó.

Ya todo el mundo sabe, en el país y fuera del país, que la herencia de mis abuelos, la bendición que los dioses derramaron, como una ofrenda de saludables mozas y manzanas, sobre el Atlántico civil y consentidor, no permite el gesto desmesurado, contra el que Séneca lloraba, ni aun ante el sufrimiento; ni ante lo contrario del sufrimiento, el gozo, que apurado estruendosamente no fuera, Dios lo sabe, el que a los países del agua había de corresponder.

Lentamente las leiras se van vaciando sobre el mar de Arosa y, al tiempo de chapuzarse los patos sobre las últimas manchas del agua, vuelve el sacho labriego y el escardillo manejado con el primor de una navaja barbera a picar, indecisos, sobre el negro mantillo.

Los labradores se convierten, por un día, en pescadores, y al día siguiente todas las empanadas de la comarca se rompen sobre el mantel de lino, para enseñar su vientre lleno de lampreas que, como los rábanos, se cogieron a mano entre los maíces y, contra el refrán, a bragas enjutas.

Están los bueyes ya menos atónitos y ya las gallinas han ido bajando de los más altos poleiros del corral. El caminante contempla lo que fue y piensa en lo que ya pasó. Un punto de duda no acaba de aclarar su cabeza propiciamente evadida. Toda el agua parece haberse marchado ya y, sin embargo…

Por la carretera de Iria baja a hombros de sus amigos el último muerto padronés. El caminante no sabe si es hombre o mujer, si joven o viejo, si padre o mozo. Las mujeres de negra toca a la cabeza van detrás, rezando el rosario en voz baja, pensando en sus afanes, múltiples como la vegetación.

El caminante los ve pasar, camino de los olivos de Adina, y se descubre. Varios ojos para quienes la cabeza del caminante no es un nuevo, aunque sí renovado, espectáculo, miran mientras piensan en tiempos que fueron y sonríen como nunca dejaron de sonreír. El mundo es una noria en la que a las siete vueltas propicias suceden las siete vueltas de la desorientación.

-¿Y eso?

-Ya lo ves, hijo. El pobre…

El viejo, cordial cementerio de Iria, se traga los restos, los últimos restos padroneses, los despojos del hombre o de la mujer que no vio secos los campos este año.

Un designio misterioso quiso que la carne preparada por los tiempos para reposar en el cementerio de Padrón, a espaldas del romántico jardín, fuese a dormir, quién sabe si aun indecisamente, en el camposanto en que los versos de Rosalía acunan, con su nana eterna, tantos huesos de nuestra misma cal.

El cementerio de Padrón, con medio metro de agua sobre su misterio, quiso ser lo último que secase en la tierra del agua, en el país donde el agua casi siempre es pan y casi nunca dolor que nos hunda la cabeza sobre el pecho."

 

 

Recogido en Cajón de sastre, Madrid: Cid, 1957

 

 

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