El artículo de Camilo José Cela

 

YO, SENADOR

 

Edad, sí tengo, y las condiciones –como el valor militar de la tropa-, que me suponen, porque todavía no he demostrado lo contrario.

Si entorno el mirar y recapacito un poco, me doy cuenta de que el tiempo –ese chorro incesante y de curiosas mañas- es mi gran aliado, y el arma del tiempo –la paciencia-, mi más leal y benéfico amigo. En España –lo dije hace ya muchos años-, el que resiste, gana, y el que se impacienta, se descuerna vivo. Dios pone nerviosos y les borra el norte a quienes quiere perder.

Ahora el Rey me ha hecho senador; le estoy muy agradecido, porque el evento ni siquiera se me había pasado por la cabeza y porque para el país lo considero un buen síntoma, y no por mí, claro es, sino por lo que supone; por mí y para mí importa menos, porque una mosca, aun satisfecha, no hace verano, y porque cargo ya a mis espaldas con una muy cumplida chepa de hereje a contrapelo de mi propio deseo, lo que siempre adiestra el ánimo y entrena la voluntad.

Un Rey joven y con conciencia de pertenecer a la especie humana es algo muy parecido a una bendición que los hados otorgan a nuestro bien amado y esquilmado país, históricamente tan horro de acierto y de sentido común en las alturas.

Esto de ser nombrado senador produce un vago y reconfortante cosquilleo en las tres potencias del alma y una sensación, quizá inefable, de que a lo mejor la buena voluntad sirve para algo más que para ser tundido a palos por la autoridad competente, ese estamento cuya validez –con harta frecuencia- resbala sobre la tela de juicio y cuya competencia -en más ocasiones de la que fuera de desear- no está del todo bien delimitada ni trazada. La historia procede según muy confusos resortes cuyo desentrañamiento se me escapa y, en todo caso, la historia, esa suma de aconteceres cotidianos, no se escribe jamás sino al día siguiente.

Declaro que tengo vocación y hechuras de senador (panza de senador, papada de senador, tonelaje de senador, voz de senador), pero de senador antiguo y como es mandado, de senador con afición al vino tinto, al tabaco negro y a la mujer de cualquier color, que si Dios Nuestro Señor las hizo diferentes fue para que escogiésemos y probásemos fortuna con el naipe vario (que algunas dicen que sí, que bueno, y se aparejan a la complacencia) y, sobre todo, para que no mareásemos al personal con exclusividades y monogamias, dos actitudes que son causa del pecado de soberbia.

Como es de cajón, ignoro cómo acabaré portándome en el Senado, porque esto es algo ajeno al buen deseo. Yo tengo pocas ideas, pero claras, y pienso exponerlas mientras me dejen. Lo malo es que, a lo mejor, me acojono y me quedo más callado que un muerto. No creo que suceda, pero, por si acaso, cumplo con advertirlo a la afición.

También aviso a los jefes de las minorías senatoriales que, en los previos recuentos de posibles futuros votos jamás cuenten con el mío, porque accedo a la Cámara Alta -¡qué bien queda esto de Cámara Alta!- con el saludable y honesto propósito de votar siempre según el dictado de mi propia conciencia, que, a lo que se me ocurre cavilar, para eso la tengo y para que la ejercitase, a lo que cabe suponer, se me designó.

Mi aliado el tiempo pasa para todos y a nadie perdona, por más que se agache y disimule; a las putas y a los barberos, a la vejez os espero, dice un refrán español tan viejo, al menos, como la tos. A mí, a más de medio camino andado de la vida y lejos ya de la descarada y alegre y gozosa juventud, me esperan el escaño tapizado de terciopelo y la inmunidad parlamentaria, el tratamiento de su señoría y el saludo de los guardias, si me conocen. ¡Pues qué bien! Lo más probable es que las cuatro circunstancias dichas sean la antesala de la arterioesclerosis. Confieso sin coacción de nadie que no tengo mayor prisa en verla venir, porque antes aún debo amaestrar del todo a mis gorriones de La Bonanova, que todavía se enseñan algo bravitos. También digo que me reconforta el suponer que las penas con azucarillo son menos. Antes se daba azucarillos en el Senado; ahora no sé porque todavía no se levantó el telón, pero me gustaría que siguiese sucediendo lo mismo.

En la audiencia que el Rey nos concedió el otro día, el presidente de las Cortes, que fue profesor mío de Derecho Civil, le explicó que yo había sido el protagonista del primer incidente universitario de la posguerra. Han pasado tantos años, que ya puedo aclarar sin mayores ambages ni rodeos, que me hizo cierta ilusión la buena memoria de Hernández Gil. En todo caso, me siento reflejado con no poca añoranza en aquel mozo delgadito que, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, hacía la guerra por su cuenta y a la que saltare. Jamás miré con nostalgia al tiempo ido, pero, si me dieran a elegir entre el cómodo y solemne escaño senatorial y el duro y destartalado pupitre de la calle de San Bernardo, a lo mejor lo pensaba antes de optar. Dejemos cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento.

Es posible que, con la situación producida, mis tías del pueblo empiecen a tomarse en serio y a perdonarme el que hubiera dejado plantada a Genovevita, ¡pobre moza, con lo cursi que era!, va ya para el medio siglo. Me reconforta pensar que, de haberme portado bien, hubiera tenido que aguantarla toda la vida. Hay cosas que compensan –aquella espantada y su escándalo subsiguiente- y cosas que no compensan –aquella boda por fortuna frustrada a tiempo-, se pongan como se pongan.

 

 

 

 

Recogido en Los sueños vanos, los ángeles curiosos, Barcelona: Argos Vergara, 1979

 


 

 

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