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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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LOS DIFUNTOS, LOS HUESOS DE SANTO Y LOS BUÑUELOS DE VIENTO
"La dentada rueda del tiempo, ese aro cuyos dientecillos nos van desgranando las carnes inclementemente, marca que después de octubre, con sus fechas color de vino y color de vino blanco, venga noviembre, el mes extraño que viste de gris como los dandys por la mañana temprano, como las panzas de los asnos sentimentales y como el cielo en las vísperas de la lluvia. Jean Arthur Rimbaud, allá por los tiempos en que Verlaine le pegó dos tiros de revólver y antes de ser desertor del ejército carlista, viajero por el mar de la Sonda y traficante de armas en Abisinia, nos explicó el color de las vocales, sus alcurnias latentes. Si Rimbaud hubiera iluminado el calendario con sus lápices de niño errabundo y genial –Shakespeare niño, le llamó Víctor Hugo-, ¿qué color le hubiera servido para pintar octubre?, ¿cuál otro para alumbrar noviembre y poblarlo de vagos recuerdos mortuorios, de dulces huesos de santo, de honestos y azarados buñuelos de viento? Octubre se va –quizás ya se ha ido sin que nadie nos diésemos cuenta- y noviembre se anuncia por las altas cumbres peladas que habitan los fantasmas, por las últimas buhardillas que vuelcan sus recuerdos una hora antes del amanecer, por los viejos cementerios donde los crisantemos duermen entre ortigas y las dalias florecen sobre la cueva profunda del lagarto milenario que ordena la sima anónima, la fosa que ya nadie quiere visitar. Don Juan, el inmenso creyente, finge reírse de su sombra y acaba atenazado por las sombras como una sombra más. Noviembre teje, en torno a don Juan, su inmensa telaraña de sombras, y el burlador se burla del destino –pecado de difícil perdón- porque se sabe, irremisiblemente ya, viajero del carro de Caronte. En mayo, que es un mes luminoso, don Juan, sin sombras contra las que luchar, hubiera perdido las armas de su prestancia en cualquier posada del camino, a mediodía y a manos del primer arriero peleón. Noviembre presta a don Juan su gentil maquillaje de sombras, su amorosa máscara de sombras, y don Juan, que conoce el maridaje misterioso del amor y las sombras –del amor y el espejo de la muerte-, paga a noviembre en ostentosas y fatuas monedas de triunfo: más sombras que sumar a las sombras. Noviembre es un mes pintado color de sombra, el objeto o la figuración que ni guarda ni precisa color. Y entre las sombras de noviembre, don Juan, ese sombrío pez de las aguas en sombra, se ríe con la violenta carcajada que bambolea la sombra, pero que no la rasga. En el libro de Horas del Duque de Berry, octubre cobra la forma de un sólido castillo almenado ante el que se caza con ballesta, se trilla a caballo y siembra a mano. En el noviembre de Juan Colombe, que también anda por Chantilly, el castillo es minúsculo y se pierde en las sombras, mientras un hombre -¿el burlador?- de gesto arrogante y además heroico, triunfa de una piara de cerdo, que sale de un bosquecillo en sombras. Sí, sin duda en noviembre está más lejos el castillo que en octubre. Don Juan, arropado de difuntos como un novillo morucho, y surtido de huesos de santo y de buñuelos de viento, necesita las sombras para hacer estragos entre las sombras. Las mujeres de don Juan, con los huesos blandos, con viento en la cabeza y con la sombra de la conciencia recordándoles, instante tras instante, que acabarán fundiéndose entre las sombras y el polvo de la muerte, serían más difícil presa en el tiempo que ahuyenta las sombras. Sus guardianes ignoraban todavía que la luz del sol espanta y pone en fuga la sombra del pecado, esa sombría claudicación de las luminosas voluntades. Octubre se muere entre las sombras con que noviembre lo envuelve, y noviembre nace de las sombrías cenizas de su hermano muerto. Es ley de vida, una ley tan vieja como fatal, tan cruel como inexorable. La rueda de molino del tiempo, esa muela que nos va triturando las carnes incansablemente, impíamente, marca que después de octubre, con sus flecos áureos y de color de púrpura, se instale el triste y triunfador noviembre, el raro tiempo que viste la etiqueta fantasmagórica de los aparecidos. William Blake, el poeta violento y resplandeciente, cuenta que vio los lechos de los difuntos, y el lugar donde las raíces de los corazones hincan su inquieto tejido en la tierra. Era el mundo del burlador, erótico y siniestro, y envuelto por la sombría idea del pecado. Lo demás es decoración, bambalina, sombras."
Recogido en Cajón de sastre, Madrid: Cid, 1957
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