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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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¡QUÉ LE VAMOS A HACER!
“Hoy, lector amigo, nace la primavera. ¡Qué le vamos a hacer! Nadie pudo evitarlo, y aquí la tenemos, recién nacida y temerosa, aún tierna y calentita, trémula y ya cantada en todos los tonos, en todos los metros, en todas las voces. Nadie se escapa, lector amigo, ni usted, ni yo, ni nadie, y este sarpullido de verso y prosa que acompaña a cada nacer de la primavera es preciso pagar, como un impuesto que la fatalidad impone a quienes cruzan, con paso firme o cauteloso, el umbral de la primavera. ¡Qué le vamos a hacer! Es preciso echar mano de la resignación, de toda la capacidad de resignación posible, para conllevar con cierto optimismo este crónico y literario estallido de la primavera, que es como un grano rebelde y periódico, como un grano con alma de reloj o corazón de calendario. Salvo el poeta que, como corresponde, no se enteraba de nada, todos sabemos cómo ha sido el nacer de la primavera, que es el envés de la moneda cuyo haz fue el parto de los montes.
La primavera, que es como una señorita recitadora vestida de color de rosa, ¡qué le vamos a hacer!, nos llega este año, como todos los años, haciendo dengues y arrumacos, sonriendo, adornándose con ramitas de almendro en flor y cantando poéticas canciones de suaves cadencias. La primavera -¡bendito sea Dios!- es tema bueno para el articulista, un tema tan bueno como Don Juan y el Día de Difuntos, como la Navidad, como el Año Nuevo, como el Carnaval y como la muerte de un escritor con cuya amistad nos honrábamos. ¡Qué le vamos a hacer! Mucho se ha escrito sobre la primavera -y sobre los "temas buenos"- y mucho se ha escrito sobre lo que sobre la primavera se escribió. Pero es aún más, mucho más, lo que falta, y su sólo cálculo sobrecoge las carnes y atemoriza el espíritu. La primavera, ese gran fiasco, es pérfida, tontamente pérfida como un niño zangolotino, y se divierte con frecuencia en disfrazarse de invierno para fastidiar. Pero los poetas la salvan porque año a año y con una constancia y una lealtad ejemplares, le extienden su rimada y amplia patente de corso, ese permiso sin límite para que la primavera pueda hacer lo que le dé la gana, que es una de las cosas que mejor hace. Nadie ama, allá en el más sincero e insobornable fondo de su corazón, a la primavera. Y, sin embargo, la primavera, con su aire ingenuo, pasa por ser amada y bien amada. A la primavera le pasa un poco lo que a esas señoritas casquivanas, coquetas, primaverales, que se pasan sus mejores años rodeadas de galanes y de admiradores, pero que cuando llega la hora de matar no encuentran ni un marido para un remedio ni un árbol donde ahorcarse. Por frívola, a la primavera le está bien empleado todo lo que le pasa. La primavera, olvidándose de que no está el horno para bollos, se divierte en gastar pólvora en salvas, como los moros, y cuando quiere echar mano del último cartucho de verdad -aquel que ha de rematar la suerte- se encuentra con la canana más vacía y deslucida que andorga de lego o que bolsa de cómico en Cuaresma. La primavera ha venido, y ¡qué le vamos a hacer! La cosa, bien mirada, tampoco es para desesperarse. A fuerza de ver pasar primaveras a todo se acostumbra uno, y, después de todo, una primavera más ¿qué importa al mundo? El mundo va estando ya muy hecho a todo (léanse los periódicos y júzguese) y ya no ha de impresionarse por el quítame allá esas pajas de una primavera de más o de menos. Suponemos que los pajaritos empezarán a piar y estamos firmemente seguros de que "el latido de la Naturaleza" pronto se dejará escuchar en "los brotes misteriosos y fatales". Si la primavera tiene una ventaja, esa ventaja es, sin duda, su respeto a todo lo previsto: todo lo que se va a escuchar, todo lo que va a acaecer, todo lo que se va a escribir. Conforta el ánimo y descansa las entendederas el statu quo primaveral, que es como un concierto bien dispuesto, y en el que, naturalmente, se sabe cuando ha de sonar la flauta y cuando el oboe. La primavera es una estación respetuosa con las tradiciones y, contra lo que la gente cree, poco amiga de sacar los pies del plato. Hoy, 21 de marzo, día de San Benito, nace, lector amigo, la primavera, con su guirnalda de rosas, su camisón azul celeste, su melena que brilla suavemente al sol, etcétera. No lo lamentamos. Verdaderamente hoy es un día como todos los días y el nacimiento de la primavera lo ignoran los que no tienen calendario. Ahora empezará la lluvia de florilegios. Es algo a lo que no se puede escapar, ya lo advertimos. Es como un portazgo, como un impuesto que es preciso pagar.”
Aparecido por primera vez en Arriba, Madrid, 21 de marzo de 1950 y recogido en "El calendario, el reloj y otras herramientas" dentro de Mesa revuelta, Obra Completa, Barcelona: Destino, 1990.
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