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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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UNA PINTADA DIGNA
“ Hay pintadas dignas y pintadas indignas, aunque todas pringuen las paredes; las amorosas están entre las primeras, claro es. En la pared de un solar que hay cerca de mi casa luce una pintada que es todo un mensaje a la posteridad: FLACA -dice en letras mayúsculas- TE QUIERO MUCHO. TUYO, LUIS. ¿Quién y cómo será, además de flaca, la flaca del amor mural? ¿Será rubia o morena? ¿Será muy joven? ¿Será mallorquina, peninsular o extranjera? ¿Llevará el pelo largo o corto? ¿Usará pantalón vaquero? ¿Fumará, de cuando en cuando, algún porro de marihuana? ¿Será estática o bailona? ¿Sabrá tirarse desde el trampolín de la piscina?, etcétera. Sobre la pintada de la flaca despertadora del amor han caído ya las húmedas lunas del invierno y los ardientes soles del verano, y la tapia en la que campea y reluce ha ido cobrando, poco a poco, muy sabias y misteriosas calidades. -¿Verdad que parece un Tàpies? -¡Me lo ha quitado usted de la boca! ¡Eso mismo es lo que iba a decirle yo! En las pintadas, tanto en las dignas como en las indignas, suele haber siempre alguna letra del revés; se conoce que al rotulista se le va el pulso -o se le va el "spray"- con la nocturnidad y la prisa. Pues bien, en la pintada de la flaca objeto de amor todas las letras están del derecho y son parejas de tamaño y estilo, lo que es síntoma de dos virtudes de paladín: la firmeza y la ponderación. -¿Y el equilibrio? -Eso se supone que viene dado por añadidura. A mí me dolería mucho que en ese solar edificaran una casa llevándose por delante la pintada de Luis; yo creo que podría integrarse de alguna manera en la casa que se levantase. -En cierto modo, es un problema de ecología. -Quizá no del todo, pero sí algo relativamente emparentado; a lo mejor es un caso de ecología del espíritu. -¿Usted cree? -¿Y por qué no? Ahora se ven cosas muy raras. La pintada mensajera queda un poquito alta y, por fortuna, libre de las meadas nocturnas. -¿Y usted cree que Luis lo calculó? -No; eso es producto de la casualidad. Las cosas calculadas jamás salen tan bien. Lo más probable es que el enamorado Luis sea un chico alto. -¿Y apuesto? -Sí. ¿Por qué no? Y gimnástico y flexible y armonioso como un trovador. ¿Es así como lo quiere? -Sí, así. Y me alegro por la flaca. Mi interlocutor se quedó pensativo. A lo mejor, dentro de algunos años se casa, y engorda, y tiene un marido bronquítico y dos o tres nenes feuchines... ¿No sería mejor avisarle a tiempo? -Pero, ¿a quién? -A la flaca. Me costó cierto trabajo sobreponerme. -La flaca es un fantasma, amigo mío. A lo mejor, la flaca ni existe y nos la estamos inventando entre usted y yo... -¿Será posible? -A mí me hubiera gustado jurar lo que ignoraba; si no lo hice, fue por miedo a que me echaran a arder en el infierno. -¿Usted cree en el infierno? -Yo, sí. Y Luis y la flaca, también. Y en el cielo, en el purgatorio y en el limbo. Todo el que ve una pintada enamorada, aunque esté ya medio borrosa por el azote del tiempo, cree en las mansiones de ultratumba. ¿Qué más da que sean resplandecientes y bienaventuradas, ardorosas y sin principio ni fin u opacas e insistentemente aburridas? -Sí; en eso no le falta a usted razón. El homenaje de Luis a la flaca, me llena de gratitud. Me gustaría saber que la flaca corresponde al amor de Luis. -Y a mí, no crea.”
Aparecido en la revista Diez Minutos, el 13 de octubre de 1979 Recogido en El huevo del juicio, Barcelona: Seix Barral, 1993
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