El artículo semanal de Camilo José Cela

 

 

HA MUERTO UN CHIMPANCÉ

 

“En lengua bantú -de donde, según lo más probable, vienen las formas europeas de esta voz- al chimpancé le dicen "kampenzi" que, claro es, quiere significar lo mismo; esto, al menos, es lo que se lee en el An Etimological Dictionary of the English Language de W. Skeat, publicado en Oxford en 1892. Los franceses le llaman "quimpezé" desde el siglo XVIII, y los españoles lo nombramos oficialmente como lo hacemos a partir de la duodécima edición del Diccionario de la Academia, la de 1884; en esta fuente casi nonagenaria (si el diccionario fuera chimpancé, según se deduce de lo que más abajo se aclara, tendría no más que cincuenta y seis años, mi edad presente) se dice que es un mono antropomorfo, de color pardo negruzco y de estatura igual o superior a la del hombre; que las manos le llegan solamente a las rodillas (a mí no me llegan más que a medio muslo); que habita en el centro de África; que forma agrupaciones poco numerosas; que construye en las cimas de los árboles barracas en las que habita, y que se domestica fácilmente. En subsiguientes ediciones del diccionario se precisan algo más sus características: se dice que es más bajo que el hombre (no igual o más alto); se asegura que tiene los brazos largos puesto que las manos le llegan a las rodillas (y no solamente hasta las rodillas), y que tiene la cabeza grande, la barba y las cejas prominentes y la nariz aplastada; es obvio que así queda la cosa un poco mejor y más cierta. Traigo estas modestas sabidurías a colación en homenaje al chimpancé "Wendy", muerto en el centro de investigación de primates de la Universidad de Emory, en Georgia, Estados Unidos, de arteriosclerosis y a los cuarenta y ocho años; según los médicos, esa edad -entre chimpancés- equivale a los setenta y cinco años del hombre, sobre poco más o menos. El patriarca "Wendy" era el más anciano de los chimpancés en cautividad y no es demasiado probable que, en libertad, los haya más viejos y venerables; en la Universidad de Emory lo trataban bien, le daban una comida sana y adecuada y le recetaban las medicinas oportunas cada vez que se ponía enfermo, amarga situación que a última hora se producía con cierta frecuencia. Pero la vejez no perdona a nadie, ni siquiera a los chimpancés, y "Wendy" cascó, bien atendido, es cierto, pero cascó: definitivamente -que es la forma habitual y más seria de cascar- y sin remisión posible. ¡Pobre "Wendy"! ¡Descanse en paz de las muchas latas que le dieron los hombres y las no pocas experiencias con que -la ciencia al fondo- lo agobiaron y aburrieron! Es probable que "Wendy", de haber vivido en libertad y entre cocoteros, se hubiera muerto antes, mucho antes, pero también lo es que quizás hubiese pasado por el confuso valle de lágrimas de los chimpancés, más feliz y elástico: vagando por la sabana, comiendo raíces y enamorando chimpancesas núbiles y cimbreantes, de mirar tierno y carnes prietas y juveniles. En todo caso, a "Wendy" ni se lo preguntaron ni le dieron a elegir. El hombre se arroga sobre la superficie de la Tierra una función, entre fiscal, policíaca y decididora, que no sé hasta qué punto es suya. La ley no se los reconoce, pero los chimpancés y demás hermosas bestias ingenuas tienen unos derechos -probablemente de origen divino- que el hombre, en su soberbia, ni considera.”

 

Recogido en La bola del mundo, Madrid: Organización Sala Editorial, 1972

 

 

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