El artículo de Camilo José Cela

 

HA MUERTO EL VIEJO RUISEÑOR ANDALUZ

 

(Nenia con versos del poeta y retazos de un epistolario entre Zenobia y quien esto escribe)

 

 

El 29 de mayo de 1958, ha muerto el viejo ruiseñor andaluz, el esquinado y tierno, el orgulloso y estremecido, el íntegro y doliente Juan Ramón, venero claro de poesía, fuente que mana y corre y no detiene la muerte.

“Mi ilusión ha sido siempre ser más cada vez el poeta de lo que queda, hasta llegar un día a no escribir. Escribir no es sino una preparación para no escribir, para el estado de gracia poético, intelectual o sensitivo. Ser uno poesía y no poeta”. Juan Ramón, quebrado el frágil soporte mortal que lo sustentaba, queda pintado, con su barbita en punta, su demacrada faz, en poesía aún antes incluso de que al poeta, aquella fantasmagórica avecica de soledad, se lo tragara la tierra.

Como Antonio Machado –triste sino de los altos poetas y de nuestra tierra devoradora y triste-, Juan Ramón ha ido a morir fuera de España, lejos de España: este amargo molino de españoles.

 

                                           ...España,

                   madrastra de tus hijos verdaderos,

 

cantó Lope con el corazón rebosante de nobilísimo e inútil amargor, hace ya muchos años.

(Cuentas tendrá que dar a Dios, cumplidas cuentas sin escape posible, esta tierra nuestra que se goza en sus heridas más íntimas y en sus más íntimas e innecesarias piras, aquellas que nutre poniendo su propia carne, todo su propia carne en el asador. ¿Para qué, San Lorenzo bendito, patrono de los achicharrados, este arder que no cesa, este sufrir gozoso en ver cómo entre todos nos quemamos?)

Juan Ramón llevaba muerto ya varios años. Juan Ramón, alcanzaba su meta de fundirse en la sangre que antes fuera floresta: la costra del universo que se transmutó en sola y pura flor.

Juan Ramón recibió el Nobel muerto –su eterna y viva poesía alzándose sobre la arruinada espalda del hombre muerto, nutriéndose del poeta, muerto a sus propias manos, que parió, agonizando, la poesía. Y él, a más de quererlo, lo adivinó con clarividencia y, aunque se rebelase, gozó en su sabiduría:

 

                                          ...Dentro de mí hay uno

                   que está hablando, hablando, hablando ahora.

                   No lo puedo callar, no se puede callar.

                   ¡Callar, segundo yo, que hablas como yo

                   y que no hablas como yo; calla, maldito!

 

Juan Ramón enviudó muerto ya y con su maldito segundo yo, que hablaba y que no hablaba como él, también muerto y perdido en el cruel revolar del calendario.

Juan Ramón se murió para los demás (para la noticia y la fotografía, para la glosa chirle y el vano patriotismo, para el laurel-cebada al rabo-sienes del poeta muerto: ayer fue) ya muerto de soledad y poesía, esa llama de muerte que, extrañamente, lo vivificaba.

¿Y desde cuándo atrás? Pudiera ser que desde aquel lamento remoto:

 

                               ...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando.

                   Y se quedará mi huerto con su verde árbol

                   y con su pozo blanco.

 

Porque Juan Ramón se adivinó mutado de poeta en poesía, en el instante mismo en que lograra cortar las amorosas amarras que lo sujetaban a su mundo-poeta, la antesala de su hombre-mundo-poesía:

 

                               Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol

                   verde, sin pozo blanco,

                   sin cielo azul y plácido…

                   y se quedarán los pájaros cantando.

 

La últimas cartas de Zenobia que recibí (Zenobia muerta, tres días después del Nobel de Juan Ramón, el 28 de octubre de 1956, dos días antes de morir Baroja, ¡qué mes aquél!) ya hablaban –sobrentendiendo, dulces, la amarga escala de valores del dolor- del poeta muy enfermo, del hombre muerto, aunque en el corazón amante de la mujer aún anidase, como un tímido pajarillo gris, la esperanza: “…Las largas estancias en hospitales suelen dejar a los convalecientes bastante decaídos y Juan Ramón sigue estándolo mucho más de lo corriente”[1]. Mucho más de lo corriente, dice Zenobia. Juan Ramón está decaído –“mucho más de lo corriente”- tras una larga estancia en pos de la salud que jamás habría de volverle. Zenobia también está enferma, pero resiste: “Perdone usted estos garabatos porque llevo dos meses en la cama y lo que falta...” Zenobia está herida de muerte, con el cáncer minándole la delicada carne. Y Zenobia lo sabe, pero resiste: “Esta enfermedad mía tiene la única ventaja de avisar con tiempo...” Y Zenobia, poniendo buena cara al mal tiempo, resiste pensando en la salud del poeta, del hombre que lleva ya tantos años muerto: “Juan Ramón va mejor, como siempre ocurre cuando yo me pongo peor...” Juan Ramón, amante apasionado de la poesía –su eterna y fatal y tentadora Belleza Contraria-, corre a anegarse en ella vaciando por la borda sus últimos alientos de poeta, de creador oculto de un astro aplaudido. “El último día del 1955 me operé, con muy feliz éxito, en Boston y cuando volví, Juan Ramón había mejorado tanto...”[2] Pero Zenobia, elegante, pronto frena su dolor: “Como lo de Juan Ramón es un estado de depresión reconcentrada en sí mismo... Como no hemos tenido hijos, nos hemos reconcentrado los dos en nuestro cariño mutuo hasta un punto, a veces, perjudicial”[3].

Son los días en que Juan Ramón sueña con venir a España, a donde jamás había de volver sino muerto. “Ojalá sea cierto que pueda ir a España; me parece más probable un hospital de Nueva York o de Boston”2.

Y en Papeles de Son Armadans –Dios proveerá- surge la idea de traernos a Zenobia y a Juan Ramón a Mallorca. “Vénganse ustedes a España[4], directamente a Palma de Mallorca, en un buen barco. No hay líneas regulares pero sí cruceros turísticos que hacen escala aquí. Mallorca es sosegada y luminosa, templada y dulce, mediterránea y tierna. En el campo de Mallorca aspea el viejo molino y brota la blanca y rosada flor de los almendros. En Mallorca, Zenobia, Juan Ramón y usted tienen un escudero. Aquí hay buenos médicos y, para verlos a ustedes, vendrían los que eligiésemos de Madrid y Barcelona.” Pero Juan Ramón, que aún había de vivir dos años, ya estaba muerto: “Conozco Mallorca y muchas veces pensé que era un lugar ideal para terminar nuestros días... Como soy de la acera de enfrente (Malgrat, provincia de Barcelona, obispado de Gerona) no me desplazaba gran cosa, pero Juan Ramón se ha acostumbrado al trópico de tal modo que aquí siente frío en verano, conque cualquiera se atrevería a salirse a la zona templada. Hasta a Andalucía le tengo miedo en este sentido. De Mallorca –continúa Zenobia, como avergonzándose de no lanzarse a la aventura- me quedan principalmente dos recuerdos maravillosos y uno horripilante. Le diré este último primero: la infinidad de cascos de botellas con que tenía delineados los límites de las eras de su jardín el Archiduque. Espero que después de mi visita, alguna persona de buen gusto los haya arrancado todos y echado a la basura, donde debieran estar desde un principio. Los maravillosos ya los sabe usted (aun cuando hay muchos otros): los trágicos olivos y el maravilloso color del mar, mirado desde arriba a través de las ramas de los pinos.”

Y Zenobia, de isla a isla, desde el Caribe cálido al Mediterráneo azul y tibio, justificaba su isla: “Puerto Rico es un islita suave, verde y, como nos dice Gullón, hospitalaria; se diría que había sido creada en un momento plácido, en una mañana de primavera; nada de contrastes, de castillos de Bellver ni de olivos retorcidos. Pero el mar es deslumbrantemente variado y opulento y la flor de la guajana, un verdadero ensueño ondeando sobre la caña. Aquí nacieron mi madre, mi abuela, mi bisabuela, mi tatarabuela... que todas se casaban con extranjeros o forasteros. Mi padre vino de Navarra para hacer, entre otras cosas, la lucidísima, aunque peligrosa, carretera del Asomante. Pero el mundo en que vivimos ahora (mucho más justo desde el punto de vista social) es tan distinto del de las haciendas que yo conocía por los cuentos de mi madre, que nos es difícil siquiera establecer una relación entre aquello y esto.”[5]

Y el poeta muerto se pega, desvalido, a la tierra familiar de quien haciendo heroicamente de tripas corazón, aún lo mantiene con la honda máscara de la vida posad, como un hondo suspiro, al hondo y distante mirar de sus ojos hondos y negros.

 

                                  Mis ojos le acarician, apretándole,

                               la frente blanca como luna,

                               con su diamante negro de carbón.

 

Pero las tornas se han cambiado, han brotado las lanzas en el cañaveral, y el mirar aún ayer protector (acariciador, apretador) implora la piedad que encuentra, templada como el invisible acero con que los ángeles mandan construir los nervios de sus alas, allá donde la busca: en la sombra enferma y milagrosamente mantenida de Zenobia.

Y los acontecimientos se precipitan. El 23 de julio Zenobia me escribió su última carta: “Me voy a Boston mañana... Buen éxito y hasta la vuelta. Creo que esta marcha mía será beneficiosa para Juan Ramón... Espero que me devuelvan con la vida estirada dentro de un mes.”

A los tres meses, Zenobia se murió, en día de domingo y en la clínica Mimiya –la misma que había de ver morir al poeta- estirando su último aliento hasta saber la noticia de la concesión del Nobel al muerto Juan Ramón. Y ante Zenobia muerta, el hierático y pasmado y muerto Juan Ramón: “Zenobia no está muerta...”

Y a Zenobia la fueron a enterrar al cementerio sencillo y claro de Porta Coelil –geografía con bautismo de cartuja valenciana-, en el distrito de Bayamón, en el Puerto Rico de su madre, de su abuela, de su bisabuela, de su tatarabuela...

Juan Ramón, prendido de su mirar en el airón vegetal de la guajana, la flor de amó Zenobia, y ano se moverá en vida de la tierra que tan bien lo acogió y hacia la que vuela en estos instantes, con la gratitud de muchos españoles, mi gratitud. Sus naves últimas ardieron en el entierro de Zenobia, y sólo la ingenuidad –o aún peores vicios que la ingenuidad- pudo pensar lo contrario.

Y allá lejos, ahora, se nos fue a morir el muerto Juan Ramón Jiménez, el poeta que duerme –alada y libre la poesía- ya para siempre y a cada instante más lejos, (que

 

                               ...el que muere, cada noche

                               más lejos se va...)

 

al lado de Zenobia, con su muerta presencia grabada en los ojos y en los oídos de todos, como el Juan Ramón vivo y muerto, sí: como Juan Ramón,

 

                                          Cierra, cierra la puerta,

                               como a ella le gustaba...

                               ¡Que se encuentre a su gusto

                               mi recuerdo!

 

Pero Juan Ramón renacerá, renace –en piedra, en viento, en ola, en fuego, en hombre como en su poema amoroso- para salmodiar su amorosa letanía en loor de Zenobia

 

                               -y aún te amaré mujer a ti-

 

y pregonar, forzando un punto los versos juveniles, los dos heridores gritos que preguntan por el fin último y extraño de la memoria:

 

                               Zenobia, me olvido de algo y no me acuerdo.

                               Zenobia, ¿qué es esto que olvido?...

 

Porque Juan Ramón, bajo tierra y muerto ya para todos, olvidó de repente -¡quien lo había de decir!- su eterna soledad.

 

                                                                              *

                                                                          *      *

 

Sí, la noticia es cierta. Ha muerto Juan Ramón, el solitario poeta de la buscada y mimada y cantada soledad. Ha muerto solo y lejos –ya sabéis donde-, solo y sin el delicado apoyo de Zenobia, que lo espera en la tierra:

 

                                          Te besaré en la sombra,

                               sin que mi cuerpo toque

                               tu cuerpo...

 

Solo y con el premio Nobel que tan poco le importaba, que tan poco le importó, cabalgando a cuestas de su propia y doliente soledad.

 

                                          Al lado de mi cuerpo muerto,

                               mi obra viva.

                                                      ¡El día

                               de mi vida completa

                               en la nada y el todo

                               (la flor cerrada con la abierta flor);

                               el día del contento de quedarse

                               (de quedarse por alejarse); el día

                               del dormirse gustoso, sabiéndolo, por siempre

inefable dormirse maternal

                               de la cáscara vana y del capullo seco,

                               al lado del eterno fruto

                               y la infinita mariposa!

 

En tierra hermana por la lengua -¡ay, manes de Nebrija, el hombre que adivinó el valor de la palabra, esa invención de Dios!- y al borde mismo de sus setenta y siete años, a las mismas lindes de la edad que iba a señalar, como un mago, con el guarismo de la cábala repetido, quizás para que no hubiere lugar a dudas, Juan Ramón ha dejado de existir, igual que un ruiseñor, con la voz quebrándosele en la más pura y delgada garganta del alma:

 

                                          Ruiseñor de la noche, ¿qué lucero hecho trino,

                               qué rosa hecha armonía, en tu garganta canta?

                               Pájaro del placer, ¿en qué prado divino

                               bebes el agua pura que moja tu garganta?

 

Y sin embargo, el solitario poeta de la soledad, en años de mejor compañía y de soledad aún juvenil, pudo preguntarse, lleno de poéticas certezas y afirmaciones:

 

                               ¿Soledad, y está el pájaro en el árbol?

 

La inmensa y abarcadora compañía del ave dictándole su sonora voz y su tierno acento.

 

                               ¿Soledad, y está el agua en las orillas?

 

La presencia hermana del agua fluyendo, como la amorosa sonrisa, por los cauces previstos.

 

                               ¿Soledad, y está el viento con la nube?

 

La evidencia de los navíos del cielo navegando por el limbo azul de los querubines.

 

                               ¿Soledad, y está el mundo con nosotros?

 

Y aquí se pone al rojo vivo la soledad, aquella misma soledad que hay que defender, con uñas y dientes, contra la soledad del mundo en compañía, contra la soledad que se obstina en morir pisoteada por los mil cascos de caballo del mundo.

 

                               ¿Soledad, y estás tú conmigo solos?

 

Y el amor nace, y al nacer, nace con él la soledad más desorbitada y cruel, la soledad que el amante se obstina -¡qué insistencia terca, la suya!- en llenar de más y más soledad

 

                                          ¡Qué sin ti estás, qué solo

                               qué lejos, siempre, de ti mismo!

 

Juan Ramón, con plomo en el ala –los gorriones sólo tienen que abrir sus alas para conseguir la felicidad-, con frío en el corazón.

 

                                          -¡Nada, sí, nada, nada!... (o que cayera

                               mi corazón al agua, y de este modo

                               fuese el mundo un castillo hueco y frío...)

 

con soledad en el alma

 

                                          -¡Así era aquel pétalo de cielo,

                               en el que el alma se encontraba,

                               igual que en otra ella, única y libre!-,

 

ha muerto porque, poeta puro, jamás quiso vivir sino en su poesía ese torrente que, en madurez continua, llegó a la más delgada y decantada vena sensitiva.

Y –a poesía inmortal, poeta mortal- Juan Ramón, hombre hecho de la sustancia misma de la poesía, fue a morir cuando su propia poesía, ahita de perfección, forjó patente de decantada actitud, pintó el rayo fulgurante que arrastra la luz inconmensurable y eterna de la poesía: San Juan de la Cruz y de Garcilaso, de fray Luis y de Antonio Machado, el hombre de la muerte amarga y del dulce y resignado amargor.

Sí; Juan Ramón ha desaparecido pero, a diferencia del rey muerto, que ciñe la corona sobre las sienes del rey puesto, el laurel que ornaba la cabeza del poeta ahí queda, huérfano y perdido entre la más alta nube, sin delfín que lo herede.

Y éste es el dolor español de hoy, el dolor que no tiene pañuelo que lo pueda consolar porque llora –o canta- con las ocultas y crueles lágrimas del alma. Que no se ven, de puro extrañas y discretas, como tampoco se enseña su dolor.

 

                                          Lo que llora en el ocaso,

                               llora en el oriente, llora

                               en un ciudad dormida,

                               de farolas melancólicas;

                               llora más allá, en el mar;

                               llora más allá, en la aurora,

                               que platea tristemente

                               el horizonte de sombra.

 

Juan Ramón ha vivido las últimas semanas de su muerte en su portorriqueño Río Piedras, dicen que con un amargo letrerio colgado en la puerta de su cuarto, de la habitación donde, desde la muerte de Zenobia, no quería que entrase el sol. Ni el sol, ni nadiel  “Dejadme morir en paz”.

Y en paz ha muerto, en paz con todo lo que sirvió y perdonó: el mundo, el alma, el amor, su poesía. Y haciendo tablarrasa de todo lo que se le debía y él -¿dijimos que era poeta?- jamás exigió.

 

                                          Quiero dormir, esta noche

                               que tú estás muerto; dormir,

                               dormir, dormir, paralela-      

                               mente a tu sueño completo;

                               ¡a ver si te alcanzo así!

 

Descanse en la trabajosa paz que siempre tuvo Juan Ramón, el hombre que se forjó –más que verso a verso, palabra a palabra- desde que, niño tierno y atónito, abrió los ojos a la poesía en la Nochebuena de 1881, ante el cielo azul de Moguer y adivinando que, a fuerza de almacenar dolor y poesía, habría de pasear por el mundo su gloriosa divisa de andaluz universal. Y su consigna aristocrática y liberal de pedir vigilante atención para su voz a la inmensa minoría.

“Sit tibi terra levis”, pedían los romanos para sus muertos. La verdad y la tierra se han apoderado ya del muerto Juan Ramón:

 

                                          ¡Viva la gloria eterna;

                               la verdad y la tierra!

 

Que la tierra te sea leve, pedimos sus amigos para Juan Ramón, el solitario poeta de la soledad, el viejo ruiseñor andaluz que ayer cesó en su canto.

 

C.J.C.

 

 

Palma de Mallorca, 30 de mayo.

 

 

 

Recogido en Papeles de Son Armadans, nº XXVIII de 1958.

 


 


[1] Carta de 25 de febrero de 1956.

[2] Carta de 15 de mayo de 1956.

[3] Posdata a la misma carta.

[4] Mi carta de 26 de mayo de 1956.

[5] Desde la nota 3, carta de 6 de junio de 1956.

 

 

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