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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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HACIA UNA REVALORIZACIÓN DEL IDIOMA
"Se viene observando, ciertamente con mayor frecuencia de la que fuera de desear, una obstinada despreocupación de los escritores –de los poetas, de los novelistas, de los ensayistas; en una palabra: de los profesionales- hacia el material por ellos manejado, hacia el lenguaje. Si estas breves líneas sirvieran, al menos, para hacer pensar durante diez minutos en este fenómeno a un solo “culpable”, mi propósito habría alcanzado la meta de la primera etapa prevista: fijar la atención sobre un tema que se nos va a escapar de entre las manos. Manejando como manejamos uno de los idiomas más ricos del mundo –el segundo, probablemente, a renglón seguido del francés-, poca explicación tiene que se confundan denominaciones o acepciones, o los significados de la forma que en la actualidad viene sucediendo. Nadie que en español escriba debe olvidar que cada cosa, cada objeto, cada sensación, tiene por regla general no una, sino varias voces para distinguirla, al revés de lo que es frecuente ver en las lenguas anglosajonas o escandinavas, donde cada voz ha de servir forzosamente a varias denominaciones, en función de su misma pobreza de léxico. Esta nota no es más que un breve y hasta cariñoso aviso ante el pecado, no otra cosa que una ligera invitación a la formalidad y a la reflexión. Datos tengo en mi poder de pifias que avergonzarían a sus autores si, cosa que Dios me libre de hacer, pusiera su nombre a continuación de lo que se han atrevido a decir. Y es que, y esto lo olvidan muchos escritores, el idioma no se sabe “de memoria”, como muchos creen, sino que hay que estar constantemente sobre él para mantenerlo, para enriquecerlo y, en todo caso, para vivificarlo. Libro reciente ha habido donde en el lugar en que se quiso decir “almadiero” –de almadía-, se dijo “almadrabero” –de almadraba-, cosa que movería a risa si lo hubiera escrito un ingles o un alemán que llevasen un par de años en España; pero que resulta trágico en este caso, ya que quien tuvo la triste obstinación de decirlo fue un español, y de cierto prestigio literario. Y esto es grave, muy grave, y a todos nos toca el acusarlo. Porque si no lo hacemos, si lo dejamos impunemente pasar, estamos abocados al peligro de que las cosas se entiendan aún más torcidas de lo que se dicen, supuesto que, aunque parezca difícil, es mucho más probable de lo que nos imaginamos. Y no es esto solo, no es únicamente el léxico lo torcido, lo adulterado. La sintaxis es golpeada sin piedad por unos y por otros; la puntuación es algo de lo que no se hace maldito caso, y la ortografía es tan mal tratada, que el día menos pensado se nos acabará volviendo de espaldas y marchándose de una vez para siempre. Por que se ha olvidado todo lo que el ser escritor tiene de oficio, de labor día a día mantenida, es por lo que este estado de cosas ha llegado a tomar cuerpo, a hacerse más grande –mucho más grande- de lo que todos hubiéramos deseado. A la irrupción en el campo, desgraciadamente no acotado, de las letras por todos estos últimos o no últimos “aficionados”, sólo cabe anteponer como valladar infranqueable a su osadía una dedicación exclusiva a la profesión, una “vida” consagrada por entero a lo que –no lo olvidemos, ni se instituye, ni se trae debajo del brazo al nacer, como el panecillo de la fábula-, a lo que, decía, no se consigne más que a fuerza de inspiración, de aptitud y de trabajo. Inspiración, aptitud y trabajo, construidas con esa masa de pan de que hablo, pan de finísimo trigo, pan candeal, y jamás flacas y húmedas gallegas de matute, sobre las que los edificios literarios sobre ellas asentados, no pasa de ser otra cosa que meros escarceos pintados con purpurina." .
Recogido en Mesa revuelta, Madrid: Sagitario, 1945
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