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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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VUELTA A GUADALAJARA
"El escritor, ahora en oficio de conferenciante, ha vuelto a la ciudad que conoció, allá por los días en que pintó en alpargatas y en leguarios la baraja eterna de los caminos ricos en polvo y en horizontes, como las tierras aún por conquistar, pero ya prometidas, como las novias. Bajo la lluvia de marzo, Guadalajara se presenta como una lavada y recoleta doncella que quisiera huir de todos los mirares, incluso de todas la adivinaciones. El escritor, mientras camina los primeros pasos de la tierra a que vuelve, piensa que es siempre bella y seleccionadora la teoría y el solitario y cadencioso ritmo de las viejas ciudades de la provincia, de los nobles y antiguos burgos que, escudándose en sí mismos como hábiles guerreros resisten a los embates del tiempo y a las híbridas tarascadas de la erudición. Y perviven entre nostalgias cenicientas. Y ven cada primavera brotar un tímido y tierno tallito verde de su tronco milenario y doliente, como los pensamientos de los profetas. El escritor, con sus amigos de la Alcarria al lado, caminó la ciudad a la hora del crepúsculo y en un día gris, cuando los gatos empiezan a ser pardos, las brujas comienzan a desperezarse y los gallitos de hierro de las altas veletas, muertos de miedo, chirrían como condenados. Y el escritor, a la vera de sus amigos de la Alcarria, vivió, quizás, apresuradamente, las horas deleitosas del vino y de la poesía compartidas con justicia y buena fe, como los panes del viejo testamento y el agua bendita de las bodas. Guadalajara es una ciudad íntima y minúscula, entrañable y abierta, en cuyo jardín intelectual crece lozana la airosa flor de la poesía. El escritor -que se lo imaginaba- pudo comprobarlo cuando, al salir de su conferencia, se escondió de la lluvia en una tabernilla donde bebía sus blancos Montes el talabartero, al escuchar cómo los versos, hechos a la decoración, fluían y rebotaban con sencillez y con sinceridad entre las cuatro paredes amigas, que olían a pan de trigo y a matanza, a mosto y a miel, con un poeta en medio jugando a las cuatro esquinas con un verso en la boca, como una flor del romero en los labios inciertos y enamorados de un galán. Y volvió el escritor a entenderlo cuando, a los postres, se encendió la voz prematura y sobrecogedoramente sabia de Antonio Fernández-Molina, el garzón transido por la poesía, y levantaron sus versos de honesta paganía los poetas Eugenio Aguilar y Miguel Lezcano, y José de Martialay nos llevó en volandas hasta los viejos y luminosos mundos del romance, y Jesús García Perdices, el poeta de la honda voz católica, tocó los corazones con la varita mágica de su verso ceñido. El escritor, que no pide a la vida más que un mantel donde las migas del pan se hermanen con las cuentas del infinito rosario de la poesía, recordó en Guadalajara la gentil, la hermosa lección de los poetas de la antigüedad, que eran felices porque aprendieron la clave de la felicidad, el número de oro de la dicha, el nudo y la cifra de la rosa de los buenos vientos, infinitos y misteriosos como las arenas de la mar o las estrellas del cielo, o las alabanzas y las bendiciones de los corazones bien nacidos. Los pulmones del alma se llenan hasta rebosar del aire en que las almas viven. Y el aire de Guadalajara -la vieja Guadalajara, la ciudad donde los presidentes de la diputación, como paladines de la cortesía y cónsules de la hospitalidad, no abren los telegramas mientras los poetas hablan- es un purísimo y espiritual airecillo que no se ve, que casi no se siente, pero que aviva esa llamita que el Dios clemente colocó en los corazones que quiso distinguir. El escritor, algún día no más que en oficio de amigo -el más alto de los oficios-, ha de volver a la ciudad que amó como conferenciante, allá por los días, aún de fresco y reciente recuerdo, en que pintó en versos y en pan la baraja eterna de los caminos ricos en bendiciones y en sorpresas, como las tierras ya entregadas con su amor y con un candor nupcial. Y si nobleza a verdad obliga, quienes lo dudan lo han de ver.”
Recogido en Cajón de sastre, Madrid: Cid, 1957
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