El artículo semanal de Camilo José Cela

 

 

BREVE DIVAGACIÓN

 

 

"Ignoro qué es mejor, si luchar o mirar. Yo me pasé la vida luchando y mirando al mismo tiempo y no podría saber, aunque esforzase mi memoria hasta su límite, cuál de ambas empresas me ocupó más horas y me brindó más emoción o paz. Luchar es deleitoso, sin duda, y apasionante, pero el mirar brinda sosiego al ánimo y tampoco resta emoción a la existencia; el solo mirar, el manso y vago mirar qué es lo que pasa, también puede ser muy emocionante y próvido de sugerencias. Quizá el espectáculo más subreal del que guarde memoria sea el acto del amor entre dos mantis religiosas en el que la hembra, voraz y ritual, devoró al macho y empezó a zampárselo -¡hay gratitudes y homenajes rarísimos!- aún antes de que cumpliera su tributo. El marqués de Bradomín hablaba de sacrificios -léase la Sonata de estío-, como adivinando la relación, siempre en clave, entre el amor y la muerte. Cuando lo del yantar nupcial de las mantis religiosas, yo tenía diez u once años. La escena fue a la sombra de la montaña que dicen la Peñota o Tres Picos, en la dehesa del Barón, más allá del casería de Matalahúga, en la sierra de Guadarrama, entre matojos de romero, de tomillo y de cantueso, al socaire de los toros bravos de la vacada que por allí pacía; era el decorado del sano Juan Ruiz, el arcipreste, y todavía vagaban por los aires los fantasmas de sus cachondas serranas. El ritmo del doble acto, el lujurioso y el guloso, fue solemne y de mucha cautela y prosopopeya, y la hembra recién amada y preñada y reconfortada seguramente sonreía, cosa que no pude averiguar porque jamás nadie me enseñó la sonrisa de este atravesado insecto. Lo que sí recuerdo es que en aquel trance de mi niñez, me juré recibir a pedradas a la primera niña que se me acercase sonriendo.

-¿Y por qué?

-Por si acaso.

Hay quien se pasa la vida luchando y hay quien espera la muerte mirando. Tan cierto es que al primero podría preguntársele "¿por qué luchas?", como que del segundo podría inquirirse "¿qué miras?" y ninguna de ambas respuestas habría de valernos para nada puesto que casi siempre se lucha y se mira por ni mejor ni peor razón que por luchar y mirar. Las actitudes del hombre suelen ser gratuitas y no demasiado fundamentadas. Yo recuerdo que, en la guerra, tan fácil era ganar una condecoración como que le fusilasen a uno por salir corriendo en dirección contraria y como un conejo; todo dependía del aura que soplase en cada momento en el aterido desierto del corazón.

Sí; declaro que ignoro qué es mejor para el alma y la conciencia: si luchar como un paladín o mirar como un contribuyente atónito y sorprendido. Es probable que las dos cosas sean buenas, cada una a su tiempo, o que ambas sean malas y nos vacíen y nos dejen yermos como un secarral; cada hombre nace con su estrellita puesta en la frente o en la rabadilla, y lo único cierto es eso que se dice de que a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. En la historia ha habido tantos contemplativos gloriosos como hombres de acción cubiertos de laureles; el ejemplario no habría de resultar difícil, aunque sin salirnos del marco de la historia de España. Lo que no sabemos es cuáles, o cuál en cada caso, fueron más felices y contemplaron la dicha desde más cerca. Yo pienso que la respuesta no es fácil puesto que, según síntomas, lo más probable es que sea múltiple y, a lo mejor, tan repetida como los casos que consideremos. Entre San Juan de la Cruz y Vasco Núñez de Balboa, yo me quedo con los dos puesto que los dos son igualmente enriquecedores, cada uno por su difícil sendero. La duda que se plantea es qué es lo que es mejor para mí y para cualquier otro del montón: si liarme a cintarazos con la vida o tumbarme a dormir la siesta a la sombra del árbol de la vida. Tengo la impresión de que la mayor parte de los hombres se van para el otro mundo sin averiguarlo..

 

 

Recogido en El huevo del juicio, Barcelona: Seix Barral, 1993

 

 

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