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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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ALGO NACE PREVISTA Y MILAGROSAMENTE
"Por los campos del cielo rueda la tormenta. Los negros nubarrones revientan en aguaceros violentos, infantiles, desconsiderados. El sol calienta, el viento sopla y las mujeres -¡a pesar de todo!- han sacado los brazos de las mangas, que es tanto como sacar los pies del plato. Es el verano que está naciendo, con su fiero crujir, su retumbar extraño y presuntuoso. Es el verano que anuncia a bombo y platillo su próxima -¿y venturosa?- aparición en escena. Los árboles se han abrigado, como los árabes, contra el calor, y los insectos han brotado –como por milagro- en los rincones ayer oscuros y hoy luminosos donde dormía la crisálida, ese proyecto con la vida aleteándole en la diminuta entraña. La araña geométrica y equilibrista acaricia las complejas ideas que, por el verano, le nacen en la cabeza y, pensando en el higo maduro desde el que se colgará, como una viva y extraña espada de Damocles, va tejiendo, en su imaginación, sin orillas, la tela de Penélope, la suavísima túnica sin costuras, donde dormirá sus siestas estivales y casi sacramentales. La libélula tensa sus alas de avioneta de gymkana aérea y ensaya las primeras –y aún inciertas- pasadas a ras del agua mansa, del agua transparente donde la zapaterita –esa patinadora del cristal- baila sus valses olímpicos y sus zigzags que ningún pintor sabría dibujar con precisión. El bello abejorro peludo que vuela lento y rumoso como un sultán cabalgando en tapiz sobre los tejados de Bagdad, recuenta los tímidos capullos que mañana serán flor aromática, fragante, pegajosa. Y el escarabajo de duros élitros de oro, rico y torpe como un príncipe decadente, empieza a caminar ya los caminos que caminará bajo el sol de agosto, cuando el sol más inclemente se muestre, más soberbio se presente, más déspota y más gallardo se enseñe. Y las mil mariposas que vuelan amanecidas –quizás sin saber bien lo que hacen- levantarán su tenue vagar incierto, inexpresable suavísimo. La mariposa roja como un bello y mal deseo, la mariposa blanca y nupcial, la mariposa malva igual que una flor, la mariposa de color de miel, la mariposa azul, la mariposa amarilla, la mariposa pintada. Sí. Es el verano. Es algo que nace prevista y milagrosamente, algo que nace entre los gozosos tropiezos, algo que no nos viene de fuera, que nos sale de dentro como la voz, o la mirada, o el amor. La sangre –o la savia, o el fluir del agua del arroyo- camina más lenta, más verdadera, más mortalmente alegre, y el aire cobra claridades que ofenden a la vista, que quedan fuera y más allá de la vista. En el corazón de los niños nace la tímida bestezuela arrolladora que los niños llevan dentro, y en el tibio corazón –rebosante de amor y sin sentido- de las tiernas bestias de las praderas, brota la ramita humana e infantil que les adorna las carnes como una guirnalda de margaritas y de campánulas. El pentagrama tiene más notas musicales en el verano –las notas que el frío invernal aletarga y que al nacer del estío despierta pujantes, vibrátiles, enamoradas- y el arco iris inventa colores nuevos para diversión y pasmo de los hombres de buena voluntad. Sí. Es el verano. El ciervo afila su florida cuerna en defensa y homenaje de la cervatilla soltera en estado de merecer amor y dedicación, y el pájaro carpintero, telegrafista del robledal, tienta, en la orilla del río, las cortezas que picará para saberse padre. Un cálido aire de pagana beatitud inunda los recovecos más hondos de las almas. El oído está dispuesto a no escuchar más que amables palabras, luminosas y misteriosas palabras. En el ojal de la chaqueta de verano con que vestimos de fresco nuestra mejor intención, se luce la aromática y extraña flor que nos condecora, como una medalla difícil de ganar, por haber sabido cantar a tiempo la letanía gozosa y deleitosa del buen vagar, bajo el calor, y del buen deambular, a la sombra de las más claras realidades. Sí. Sin duda alguna es el verano. Su latido retumba por los campos del cielo, mientras rueda la tormenta. Algo nace prevista y milagrosamente. Algo a lo que, para entendernos, llamamos el verano.”
Recogido en Cajón de sastre, Barcelona: Plaza y Janés 1989
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