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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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EL USO MATRIMONIAL DEL PRONOMBRE
"Es algo que dicta la experiencia -que, para Oscar Wilde, es el nombre que damos a nuestros yerros- y algo también que no hay que ser demasiado sagaz para observarlo: cuando un marido empieza a llamar "ésta", en vez de Lolita, o Pepita, o Marujita, o lo que fuere, a su mujer, ¡mal va la cosa! El supuesto contrario también funciona con holgura y así, cuando una mujer empieza a llamar "éste" en vez de Manolo, o Juanito, o Paco, o lo que fuere, a su marido, ¡mal se presenta el cotarro! El pronombre demostrativo no tiene por qué implicar menosprecio ni, menos aún, desprecio (que ahí late un leve matiz que se le escapa al diccionario), pero lo cierto es que su uso matrimonial no suele ir acompañado del cariño. Peor síntoma todavía es el uso del neutro, y el hecho de que un cónyuge llama "esto" al otro implica muy grave situación o muy incómoda circunstancia. Está por estudiar la relación que pudiera existir entre el amor y la gramática -y quizá algún día se escriba una tesis doctoral tratando de establecer concomitancias y disparidades-, pero que esa relación existe y no es ni siquiera misteriosa es algo que no admite la menor duda razonable. Imaginemos algunas frases matrimonialpronominales (todo junto) en boca de uno u otro esposo y referida a su pareja. Dice, o puede decir, el marido a la mujer: -Cuando saqué a ésta del pueblo... (¿Por qué no la dejaste donde estaba?) -No creo que ésta aprenda a aparcar jamás. (¿Por qué no le enseñas?) -Ni yo ni nadie tiene la culpa de que ésta sea una cursi propensa a criar arrobas. (¿Por qué no miraste para tu suegra, antes de llevártela?) Dice, o puede decir, la mujer al marido: -Como no se ande con cuidado, a éste se le van a enganchar los cuernos en los balcones de los segundos pisos. (¡Tú sabrás!) -A éste lo único que le gusta es dar coba al jefe de negociado. (Quizá busque que no le zurren más de la cuenta) -Cuando a éste lo operamos de almorranas... (No debes suponer que lo único que se propuso fue dar la lata.) Dicen, o pueden decir, el uno al otro: -Esto es un montón de carne que ya no tiene ni forma humana. (Piensa que quizá lo lamente más que tú.) -Cuando me casé con esto no sabía el traspiés que iba a dar. ¡Ahora ya es tarde para volverme atrás! (Quizá algún día pueda consolarte el divorcio o la viudedad.) -A esto lo que más le gusta es dormir a pierna suelta y sudar como un borrego. (Déjalo dormir tranquilo y abre un poco la ventana.) Se me antoja evidente que las nueve oraciones que quedaron dichas difícilmente hubieran podido espigarse de las páginas de una novelita de amor. Si en vez del pronombre se hubiera usado el nombre propio del aludido, la cosa no hubiese quedado óptima -es cierto-, pero sí, al menos, un poco más clemente y habitable. En la conversación entre hombre y mujer, en cualquier caso y omisión hecha de sus circunstancias civiles, todas las preocupaciones que se tomen serán siempre escasas ya que , al menor descuido, se desbarra y se dice incluso lo que se prefería callar y hubiera sido más prudente mantener en silencio. En todo caso, el uso matrimonial del pronombre no es práctica preconizable. Lo dice la experiencia -repito-, aquello que, en el sentir de Paul Auguez, no es más cosa que la suma de nuestros desengaños. Durante algún tiempo supuse que el uso del pronombre, en el caso de que ahora venimos hablando, no era más que mala educación y escaso respeto a las normas de urbanidad, pero después descubrí que las cosas no eran tal como las pensaba ya que, sobre esa actitud, inciden dos términos condicionantes muy amargos: el odio y el hastío, que es aún peor."
Recogido en El huevo del juicio, Barcelona: Seix Barral, 1993
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