El artículo semanal de Camilo José Cela

 

 

EXPURGO EN LA BIBLIOTECA

 

 

"El escritor, un buen día cualquiera, descubre que los libros no le caben en la estantería, se da cuenta de que tiene más, muchos más, metros de libros que metros de tabla.

Ante él se presenta una única disyuntiva: o sobran libros o falta sitio. Las dos cosas tienen, bien mirado, arreglo. Un trapero puede resolver la primera; un carpintero, la segunda. ¿Por cuál optar? ¿Qué hacer? Desprenderse de un libro es, siempre, en principio, doloroso. Levantar más tablas es, siempre, a la postre, bastante caro.

El escritor está perplejo, está sin saber qué hacer. Para Cervantes no hay libro, por malo que sea, que no tenga algo aprovechable. Cervantes exagera, sin duda. O Cervantes conoció tiempos mejores, tiempos en los que se podía decir lo que él dijo.

Construir una estantería más sería también algo merecedor de tomarse en consideración.

Pero una estantería más, ¿dónde ponerla? La casa del escritor es pequeña, es una casa al uso; la nueva estantería no dispone de un rincón, no ya propicio, sino ni siquiera útil para descansar.

El escritor mira para sus libros y piensa: ¿Todos los libros que tienen le sirven, realmente, para algo? Hay libros que hay que guardar siempre porque sirven durante toda la vida. Hay, por el contrario, libros que basta con leer una sola vez. ¿Por qué no separar los libros que sirven siempre de los libros que no sirven nunca y de los libros que no valen más que para una ocasión y esta ocasión ya pasó?

El escritor, un tanto temeroso, va dejando que la idea de que en la historia del mundo no se han producido más que dos mil libros importantes tome cuerpo en su imaginación. El escritor, según su cálculo aproximado, deberá prescindir de otros dos o tres mil volúmenes. Su biblioteca quedará descongestionada y podrá empezar a pensar en ordenarla un poco, en limpiarla, en enviar algunos ejemplares al encuadernador.

Una biblioteca de dos mil volúmenes bien conservados, bien limpios, bien fichados, en edición clara, enteros, ¿no es suficiente?

El escritor piensa que sí, que dos mil libros bien sabidos son pista lo bastante amplia para poder despegar en un vuelo por cuenta propia.

Sólo le resta saber cuáles son esos dos mil libros que deberá guardar, esos dos mil libros sobre los que deberá, de ahora en adelante, trabajar.

El escritor no es un erudito, ni un técnico, ni un científico, ni un coleccionista. El escritor es un hombre corriente y moliente que escribe porque le divierte y porque puede comer de lo que le divierte, que no es poco. Los eruditos, los coleccionistas, los científicos y los técnicos son gentes que tienen que llegar hasta el final de las cosas, que tienen que conocer todo. Los escritores y demás mortales del montón, ya no lo necesitan, les basta con tener a mano esos libros que no suelen leer ni los técnicos, ni los coleccionistas, ni los eruditos, ni los científicos y que tratan de las cosas más varias, más importantes, más dispersas.

El escritor, después de determinarse, empieza a limpiar su biblioteca. Empieza por una esquina con ánimo de terminar por la contraria y se va dando cuenta, un poco consternado, de que la mayor parte de los libros que toma del estante son libros que bien pueden irse camino de la librería de lance. La idea es un poco descorazonadora, pero es cierto; el escritor, para consolarse, piensa que la proporción de libros útiles a libros inútiles debe ser una constante universal en todas las bibliotecas privadas del mundo entero, superada con creces por todas las bibliotecas públicas del universo.

Los libros, no se sabe cómo, invaden las casas como la langosta invade los sembrados. O se toman medidas contra el asalto o se perece en la empresa: lo único que no cabe es cruzarse de brazos o asistir impasible a la catástrofe.

Si Cervantes hubiera vivido hoy es posible que hubiera cambiado sus puntos de vista. El escritor piensa, con una honradez sin límites, que dos o, si ustedes quieren, tres mil libros son bastantes para saber las cosas que necesita saber la gente del montón, la gente que, como el escritor, no es ni erudita, ni técnica, ni coleccionista, ni científica.

 

 

Recogido en Cajón de sastre, Madrid: Cid, 1957

 

 

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