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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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EL TACATÁ OXIDADO
No me parece cierto lo que se dice y se repite de que todos los caminos llevan a Roma. Las cosas demasiado sencillas suelen resultar, a la postre, también demasiado falaces y engañosas, pero la gente no quiere verlo. ¿De quién es la culpa de esta cerrazón? Probablemente de nadie, aunque tampoco importe demasiado señalar culpables. En esto de la literatura, las cosas no son así como se suponen y todos o casi todos los caminos no llevan a ningún lado y se convierten, más pronto o más tarde, en un callejón sin salida, en un culo de saco con una víbora venenosa y un gato rabioso dentro y cerrándonos la salida. Lo digo porque, a fuerza de llevar años en el oficio, cada día que pasa estoy más convencido de que los escritores no hacemos más que dar palos de ciego: unas veces calcándonos a nosotros mismos, y otras huyendo de nosotros mismos como de la peste. Admiro mucho a los escritores que están en posesión de la verdad; no es mi caso, aunque tampoco lo lamente. Al tacatá de hoy le chirrían los goznes, se conoce que está oxidado. El tacatá de hoy ya dio suficiente juego y a nadie debe extrañar que acabara comido por el robín. Por si no se me entiende quiero aclarar que lo que, a mi juicio y en este caso, se oxidó, no es la palabra sino el camino que hubo de recorrer la palabra. A veces, cuando estoy aburrido, rompo a hablar en voz alta y de mis labios salen, disparados y pasmaditos como niños de primera comunión de pueblo, los carpetovetonismos en tropel; la cosa no tiene mayor mérito, aunque me valga para darme cuenta del peligro. La literatura es como un tubito de ensayo manejado por un químico ignorante, que mezcla productos y temperaturas y no se sabe si va a salir una pomada de color blanco para curar la sarna, o un explosivo de color verde o naranja o negro, para matar al prójimo. El caso es aprender un poco cada mañana y no empecinarse demasiado con la facilidad. Hay muy pocas cosas fáciles que merezcan la pena.
Recogido en El tacatá oxidado, Barcelona: Noguer, 1973
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