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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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"Según los médicos de la escuela salernitana, la herramienta mejor para luchar contra los microbios y acorralarlos y destruirlos es la humildad, y yo, para demostrarme a mí mismo que no soy partidario de los microbios y también que me siento los suficientemente humilde para ganarles la batalla, estoy leyendo Pequeñeces del Padre Coloma, me atiborro de vermú dulce y de tortas de Alcázar y me paso las horas muertas jugando al parchís. Sé bien que a todo hay quien gane, sin duda, pero me gustaría que se me reconociese que, en este terreno de la humildad y después de lo dicho, tan sólo a los santos debería cederles la delantera. La humildad no es un estado natural del hombre, esto lo sabe todo el mundo, pero a ella puede llegarse por reflexión, entendimiento y propósito. Si un ser vivo, es igual hombre que animal, basta con que sea mamífero vertebrado superior, quiere luchar contra las infecciones y hace suficiente acopio de humildad, gana siempre la batalla y sale adelante. la humildad procede por acumulación y, como todas las virtudes inferiores, es capaz de mover mundos sin descomponer la figura y sin darle mayor importancia a nada. La humildad, como el ahorro, la decencia y el buen apetito, coincide con la manera de ser de cada cual y no suele ser jactanciosa ni propensa a echar los pies por alto. Bien mirado, el decente es igual al indecente pero peinado a raya; al humilde y al soberbio les pasa lo mismo. La decencia, como la humildad, es herramienta mansa, igual que el plano inclinado, por ejemplo, y a diferencia de la ganzúa, pongamos por caso, y su utilidad se refuerza con la paciencia propia de los sistemas nerviosos equilibrados. El paciente y decente y humilde Job se diferenciaba del impaciente e indecente y orgulloso Jacob en que tenía menos microbios y más tiempo para perseguirlos. Los grandes triunfadores de la historia, Alejandro magno, el Papa Luna y Servando Méndez, el concertista de pulso y púa, por no poner sino ejemplos fuera de toda discusión, triunfaron aliándose siempre con la humildad. San Policromio de Catania, el hombre que volaba por encima de los tejados movido por el aura de su beatitud, solía decir que la tenue sombra de la humildad destempla y hace saltar en pedazos al duro hierro de todas las solemnes grandilocuencias. A mí me gustaría darle la razón al santo que semejaba un pájaro. 25 de noviembre de 1993"
Recogido en El color de la mañana; Madrid, Espasa Calpe S.A.; 1996 |