El artículo semanal de Camilo José Cela

 

EL DESPACHO OFICIAL

 

Nunca tuve un despacho oficial, ¡con la ilusión que me hacía!, y es más probable que me muera de viejecito sin tenerlo. Las cosas han de tomarse con paciencia y tal como vienen -de nada vale querer ir a contrapelo de la vida y sus inercias- y es más elegante y deportivo confesar nuestras propias limitaciones que presumir de lo que jamás pasa de la fantasmagoría y el buen deseo. La mayor sensación de dominio y mando que un español puede tener es, probablemente, la de disfrutar de despacho por cuenta del presupuesto, incluido tresillo para recibir a las visitas, y ordenanza para que traiga un café o el periódico cuando se le mande; el tener coche oficial es ya demasiado y algo a lo que no debe ni aspirarse si no es bajo el grave riesgo de pecar de soberbia, y el colarse gratis y arropado por las reverencias de los acomodadores en el teatro o en los toros, es solemne circunstancia que más bien no parece ni de este mundo. Yo no me puedo quejar porque en la vida tuve más cosas, sin duda, de las que merezco (siete u ocho calles, cinco doctorados honoris causa, alguna amiga de la familia de costumbres licenciosas, etcétera), pero lo que no tuve nunca fue un despacho oficial. ¡Paciencia! Todos debemos conformarnos con nuestra suerte y de nada vale llorar y pegar la pelma al respetable pero, a pesar de todo, tampoco sobra dejar pública constancia de una lamentación e incluso de un dolor. A mí se me ocurre pensar que hubiera hecho un buen uso, un uso digno y respetable, del despacho aunque, a la vista de cómo han discurrido las cosas, esa presunta maña es posible que haya de quedar virginal e inédita. Tampoco eso es malo. El hombre propone y Dios dispone y, cuando la vocación y el propósito no coinciden con la marcha de ninguna de las dos historias, la natural y la sagrada, lo más prudente es echar balones fuera y sonreír al paisanaje.

 

 

 

 

Recogido en El juego de los tres madroños, Barcelona: Destino, 1983

 


 

 

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