|
El artículo semanal de Camilo José Cela |
|
EL CARNAVAL
Cada año que pasa los carnavales son un poco más tristes y desangelados, más municipales y burocráticos. Antes, cuando no los organizaba nadie y brotaban con espontaneidad y frescor, tenían un cierto aire subversivo y gracioso, disparatado e inconscientemente candoroso, pero ahora le metieron mano los ayuntamientos y las agencias de viajes y el carnaval, claro es, se resiente y lo que es peor, también se ha hecho salvaje por reacción, tan lógica como no prevista, al encorsetamiento administrativo. El error fue el de probar a convertir la chispa del individuo en la mansa llama sin temperatura de la multitud pagana y dócil, esa mansa materia prima de la sociedad de consumo, que hasta agradece que se le den normas y consignas. Yo entiendo –y también lamento- que a las autoridades del mundo entero les interese capar voluntades y enderezar conductas, pero me extraña que nadie acuse el golpe bajo que se nos quiere asestar en nuestros más recónditos caprichos.
Recogido en A bote pronto, Barcelona: Seix Barral, 1994.
|