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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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Es entretenido ver pasar los años galopando como pájaros, o fabulilla de las verdades a medias. (Nace el 1963)
Horacio no tenía razón del todo. Sí; es cierto que cada año que pasa nos roba algo muy nuestro. Pero también lo es que cada año que cae rodando –ni siquiera contra su voluntad- por la devoradora catarata del calendario, nos regala con algo que no era nuestro, con algo que no llega a ser nuestro -¡y aun ni así!- hasta que, muerto ya y caduco, deja de ser lo que era: el tiempo, ese misterio de hermética substancia que nos nutre y nos destruye con el mismo hierático y pausado y casi bondadoso gesto. Declarémoslo de una vez: la juventud no es la riqueza, es el crédito; la riqueza –y también la resignada y mansa secuela del escepticismo que la escolta-, la riqueza del alma, que la del arca suele regirse por la caprichosa antiley del azar, corre por los relojes que, paso a paso, ahonda el agobiado (no), el lento (no), el arbitrario y antojadizo carromato del tiempo. Lo que quizás acontezca es que no querramos ver las cosas tal cual son, ni bautizarlos en derechura, ni considerarlos en su misma e inabdicable esencia. Pero ya el tiempo se encargará, en nosotros o en quienes nos hereden, de restaurar nuestra imagen en nuestro tiempo y no en ningún otro. La leyenda del reloj clásico –vulnerant omnes, ultima necat- no dice más que la verdad a medias, como Horacio: porque todas las horas hieren, sí, pero también conforman; y la última mata, sin duda, pero en su cuchillada no se lleva por delante más que la vida, esa minúscula anécdota no siempre representada con demasiado amor. Es entretenido ver pasar los años galopando como pájaros y matándonos –éste quiere, éste no quiero- con su acariciador batir de alas. Anteayer mismo, cuando empezó la guerra civil española, Baroja tenía sesenta y tres años; Ortega, cincuenta y dos; Solana, cincuenta; Pedro Salinas, cuarenta y cuatro; Lorca, treinta y siete; Miguel Hernández, veintiséis, etc. También es cruel (según cómo se mire) esta moliendo. Voltaire exageraba al imaginarse que el tiempo hace la justicia de poner a cada cual en su lugar, porque el lugar de cada cual, por muy delgado que hilemos el pensamiento y por más vueltas que demos a la cansina noria de la dialéctica, no es el otro mundo. Sí; cada año que pasa nos roba algo muy nuestro, sin duda, pero este algo muy nuestro que se nos quita no está en nosotros mismos (o no está sólo en nosotros mismos) sino en los demás (o también en los demás). Nos debemos a todo lo que nos rodea –mal que, a veces, nos pese- y nos enriquecemos, día a día, con lo mismo que damos, queriendo o sin querer. El hombre es una bestia omnívora de verdades a medias, de verdades con un ventanillo abierto a la mentira. Y el tiempo, al dibujar su verdad y su mentira sobre el movedizo horizonte, tampoco hace demasiado caso del hombre y de su menester. Dejemos estar las cosas y las manías del tiempo como están, que peor estaban y peor pueden volver a ponerse. Las flechas del carcaj del tiempo llevan un nombre escrito, como las balas del campo de batalla, y el que se agazapa muere lo mismo, sólo que más incómodo. Elijamos una airosa y bien intencionada postura para vivir, y se nos brindará el premio de que el último y definitivo golpe del tiempo sobre nuestra zurrada osamenta por nadie pueda ser tomado por la patada en el culo que, más pronto o más tarde, suele llevarse el baboso, el dependiente y el lisonjero. Es entretenido ver pasar los años volando como bueyes macizos sobre las cabezas de los derrotados, sobre las cabezas de los suplicantes que piden al tiempo el imposible favor de su parón. (Poco a poco el hombre se va callando y, sobre la costra del silencio de cada cual, se alza la algarabía de quienes no han enmudecido aún.) Ni Horacio, ni el reloj, ni Voltaire llegaron a sujetar la razón o la sinrazón del tiempo por el rabo, como los besteiros de Rebordechao a los caballos cimarrones del monte, quizás porque la razón y la sinrazón, referidas al tiempo, no estén elaboradas de substancia estrictamente razonable. Todo pudiera ser. Los caballos, a veces, mueren de viejos sin haber conocido la doma. El tiempo y su razón y su sinrazón, en ocasiones, matan a cualquier edad y con doma o sin ella.
Recogido en Papeles de Son Armadans, número LXXXII, Enero de 1963.
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