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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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VOLVIÓ A GIRAR LA RUEDA DEL AÑO MUDADIZO…
"Quisiera, quien estas líneas redacta, conocer al dedillo, como un paciente, humilde y cochambroso monje medieval, los más remotos arcanos de las nobles artes del pendolista, para escribir, con su caligrafía mejor -inglesa, gótica, florida, redondilla-, con su atención más aplicada y con gordos y finos, como corresponde, las letras y los nombres de estas palabras con que los Papeles de Son Armadans, estrenan año, bien cierto es que sin ninguna ilusión.
Once more the changed year’s turning whell returns
Se recuerda un verso, diríase que olvidadamente bello -dichollamente bello- de Dante Gabriel Rossetti: un verso tópico y saludable, previsto y cotidiano, nada atemorizador y, sin embargo, leve y estremecido. Sí. Volvió a girar la rueda del año mudadizo: volvió a crujir, sobre el paso de rosca de nuestra osamenta, el isócrono taladrar del tornillo del tiempo. Se marca un ocho -desde ahora- donde antes se escribía un siete: en el mismo lugar; con idéntico mínimo esfuerzo; con igual hastiada y amarga resignación.
Y pasan días sin que pase nada, y todo queda pues que pasa todo.
Unamuno, al escribir su Romancero del destierro, sufrió en las últimas e inapelables carnes del alma la hiriente prueba de ver que, contra todos los pronósticos, el tiempo no pasa. El tiempo se renueva, eternamente nutrido de su propio ser, de su esencial substancia. Los que pasamos -indefectiblemente y sin remisión- somos nosotros. Tempus edax rerum, nos dejó Ovidio, el tiempo todo lo devora: y en este todo, ¿por qué no confesárnoslo, si la ocasión -que suelen pintar calva- se presenta?, nosotros etamos abarcados: de hoz y coz. Es triste, muy triste, ver llegar un año, ver nacer un niño, ver florecer un rosal. Quizás se nos haya educado en el contrario - y más amable- pensamiento: es muy alegre ver romper un año, ver respirar un niño por vez primera, ver abrirse la fragante rosa. Pero debemos razonar - leyendo en le más hondo y diáfano pozo de nuestra conciencia- con una insobornable honestidad: es doloroso sentir llegar un año que se marchará sin que nadie lo detenga; oír nacer un niño que, a lo mejor, viejo ya y cansado, se morirá sin que nada lo evite; oler cómo la rosa estrena su efímera lozanía. El calendario se inventó para que nos diésemos, en todo momento, cuenta de nuestra interinidad, de nuestra congénita fragilidad. Dios no tiene reloj ni mira el calendario. Tasa de la vida, llamó Tirso al reloj. La vida de Dios que, a diferencia de la nuestra, no tiene tasa, no precisa de las horas ni de los días: esos minúsculos lancetazos con que la vida nos asaeta hasta dejarnos en los negros corrales de la muerte. Baudelaire nombra al reloj: dieu sinistre, effrayant, impassible…"
Recogido en Al servicio de algo, Madrid: Alfaguara, 1969
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