El artículo semanal de Camilo José Cela

 

LA NAVIDAD, EN PUERTAS

 

"Las fiestas navideñas están al caer. Dentro de poco ya podremos cantar, con nuestra voz más emocionada, aquello tan bonito de

 

                                      esta noche es nochebuena

                                      y mañana es navidad.

 

El tiempo, que este año está bastante en su papel, algo ya nos ha anunciado, con sus avisos en blanco níveo, de las fechas en puerta.

Los pavos, si aún no se comen, ya se huelen. Los christmas han empezado a llamar a nuestra puerta. Las zambombas se aprestan a tronar con su extraño rugido de selva africana. Y los mejores corazones de la cristiandad, todos los corazones de la cristiandad, se preparan a latir de gozo en la noche del nacimiento, la nochebuena mejor de cuantas noches en el tiempo han sido.

Este tiempo que ahora empieza, no tiene desperdicio. Lo comenzamos tomando las últimas participaciones de la lotería de la última esperanza y lo concluimos con el glorioso día de la navidad, que algún año, ¡también es mala pata!, cae en domingo.

La noche de nochebuena ya todos hemos roto el papelito donde apuntábamos el destino que habíamos de dar al gordo…, que no nos tocó, ¡vaya por Dios!, pero que…, ¡alguna vez será!

Es demasiado importante la noche de nochebuena para que, mientras la celebramos, pensemos en algo más que en ella misma. Es muy “el mismo objeto del amor” para que, celosamente, nos permita distracción alguna. La nochebuena, como una madre tierna o una esposa feliz, no pasa, no ya por el desvío, que sería grave pecado, sino ni siquiera por ese gesto, levemente absorto, que a veces no consigue domeñar ni la voluntad más fuerte.

La nochebuena es el Amor –con una A mayúscula grande como una montaña-, y el amor, aun con una a minúscula pequeña como un ratón, no entiende de promiscuidades. Por eso en la nochebuena todos nos sentimos felices y amantes y, si nos duele un hueso, procuramos disimular y hacer de tripas corazón para no caer en el feo y deslucido papel del aguafiestas, que es algo así como la carcoma de la buena educación.

Empezarán a oírse, dentro de pocas horas, las voces ingenuas y eternas que cantan el villancico bajo el frío, al grito pelado del entusiasmo, como si el termómetro aún no se hubiera inventado.

La estrella elegida estará ya impaciente –peinándose su cabellera de luz y bruñendo su propio resplandor- por colocarse sobre Belén, en el mar sin orillas del cielo, para anunciar el acontecimiento y orientar a los tres Reyes de Oriente.

Dentro de pocos días, cuando aún este tiempo que ahora empieza no haya muerto devorado por el tiempo –ese manantial que no cesa de fluir-, todos nos sentaremos en torno a la mesa, pobre o rica, que tanto monta, para celebrar la nochebuena, que es buena en todos lo sentidos y en las direcciones todas de la infinita rosa de los vientos. Y para festejar también el que en esa noche, y como por milagro, si no buenos del todo, si todos somos bastantes mejores.

La fiesta más antigua –y la más noble y clásica y querida- de nuestro mundo, requiere que la veamos venir; por eso repican las jolgoriosas campanas del corazón, anticiipando vísperas.

Las fiestas navideñas –como hace más de mil años y como lo hará dentro de mil más –están, en este año de 1949, al caer. Y esta semana –por cierto bastante completita- irá a morir con la navidad, que no es mala paradoja ni tampoco, y bien mirado, mejor destino.

Preparémonos para llegar a la nochebuena con el ánimo –y el ánima- limpio de todo inútil y entorpecedor bagaje. Que nadie se siente a la mesa de la nochebuena sin haber antes ahorcado en el perchero –con la bufanda, por ejemplo- al fantasma siniestro de los malos humores. A una fiesta de paz hay que ir con el espíritu en paz. Y el que no se sienta con fuerzas para ello, que se confiese: que más cuenta le traerá.

El sábado –ya no hace falta el calendario, ya casi basta con el reloj- sacará el órgano litúrgico sus mejores y más templadas voces y el organista, de largos y marfileños dedos, sentirá como un ahogo de emoción en la garganta. Algo muy importante está pasando."

 

El Alcázar, Madrid, 19 diciembre 1949.

 

Las compañías convenientes y otros fingimientos y cegueras, Barcelona: Destino, 1963

 

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