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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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EL VOLCÁN Cuento para histéricas
“Martita subió las escaleras a oscuras. Al llegar al primer rellano se le antojó ver un hombre. - ¡Ay! Una cabeza de ciervo que asomaba de la pared siguió imperturbable. El ciervo -un trofeo de caza del abuelo de Martita, el brigadier Carrascosa- tenía una cabeza llena de cuernos, como los sueños que, según el profesor Jung, implicaban trastornos gástricos. Martita se tranquilizó. Martita tenía cuarenta y dos años, un poblado bigote, gracias a Dios, rubio, y un pudor tan sentido como acreditado. - ¡Ese Manolín! Manolín era el ciervo. Martita sonrió. Un escalofrío le recorrió su honesto espinazo. - ¡A veces se le ocurre a una cada figuración! La mente de Martita estaba poblada de niños , como un jardín de infancia. Los niños rubios reñían con los niños morenos, con los niños castaños, con los niños pelirrojos. Había un niño monísimo que era el vivo retrato del padre Manjón. Llevaba gorrita de visera y jersey de punto, color beige clarito, y tenía cara de paciencia y mirar resignado. El quinqué que lucía, aún distante en el piso de arriba, osciló como una conciencia. Parecía como si alguien soplara desde las sombras. Martita subió deprisa, muy deprisa, el último tramo de la escalera. Pensaba velozmente y sin coordinar; hubiera hecho un magnífico cervantista. Al llegar a su alcoba encendió la luz, se sentó en la cama que, como es lógico, tenía una colcha de moaré, y se puso a leer Pequeñeces, del padre Coloma; algunos días, por eso de que en la variación está el gusto, leía Boy. Después, antes de acostase, puso derecha una bandejita de plata que estaba encima del tocador, una bandejita de fina plata labrada que, probablemente, ya estaba derecha. Miró unas fotos de mamá, de joven; se dio sobre el cutis una ligera capita de crema de noche, se enfundó en su camisón color naranja, un camisón imperio que le favorecía mucho; se acostó y apagó la luz. Martita tardaba, por lo general, en dormirse. El médico le había dicho que su insomnio era propio de la juventud, que todas o casi todas las chicas jóvenes solían padecer insomnio. Ya dormida, soñó con un volcán. El volcán echaba torrentes de lava por su cráter, rugidores torrentes de lava envueltos en densos nubarrones color gris perla. Se despertó sobresaltada, encendió la luz y se incorporó en su lecho. Su lecho estaba pintado de laca rosa y no respondía a un estilo demasiado definido. Pensó entonces en la primavera, en los violines, en las rosas de té, en los toffes de chocolate, en multitud de cosas, todas ellas suaves y aterciopeladas. Martita trataba de distraer su atención, de borrar de su cabeza la idea terrible de aquel volcán que no hacía más que vomitar lava y más lava, sin consideración alguna. Pensando en el volcán, ¡también es fatalidad!, Martita volvió a dormirse. Al día siguiente cuando su doncella le llevó el desayuno a la cama, le dijo: - Señorita, han traído esto para usted. Sobre la colcha dejó la doncella unas orquídeas metidas en una cajita de cristal y una carta con un sobre muy elegante, alargadito. Martita rasgó el sobre nerviosamente y leyó:
Mi distinguida señorita: Desde que tuve la dicha de conocerla no puedo vivir tranquilo. Al recuerdo de su belleza y de su virtud no puedo anteponer en mi imaginación ningún otro recuerdo. Piense usted en lo grave y apurado de mi situación. Soy contable de una fábrica de jabones -la fábrica conocida con el nombre de La Esmeralda- y desde que la conocí, no puedo hacer un solo asiento con cierto sosiego. Estoy con un pie en la calle; pero me conforta pensar que he tenido el placer de estrechar su mano entre las mías; su mano, adorada Martita; permítame que la tutee; tu mano. Martita amada, Martita mía... Perdón, no sé lo que digo. Estoy loco, loco por ti, y sólo espero un gesto tuyo para ser el hombre más feliz del globo. Tuyo, Evaristo Nomdedeu.
Martita no tuvo más tiempo libre que para tocar (perdón, léase pulsar) el timbre. Después se desmayó. Su doncella, al verla tan pálida, tan callada, se sofocó y empezó a gritar. Subieron al cuarto de Martita todos sus familiares y le dieron a oler un frasquito de sales. Cuando vino el médico, Martita ya iba recuperando el sentido. Su padre había guardado la carta en el bolsillo de la americana, aquella carta que tanto daño había hecho a su hija, y había ordenado que pusieran las orquídeas en el hall, en un florero con agua y un poco de aspirina, que siempre se conservan mejor. - ¿Tiene algo grave? -inquirió al oído del doctor. - No, nada; una emoción fuerte. - ¡^Pobre hija mía! Las criadas miraron desde entonces con cierto respeto a la señorita Martita. Nada impresionaba más a las criadas que la histeria de la señorita de la casa. A los pocos días, a Martita le apareció una erupción cutánea. El médico, al verla, le gastó una bromita. - Parece usted un volcán, Martita. Martita entonces, volvió a desmayarse. El médico no se explicaba nada de lo que ocurría.
* * *
Entre tanto, en su sórdida buhardilla, el contable cesante Evaristo Nomdedeu componía, rima tras rima, un largo poema en loor de su imposible amor, de su lejano amor, de su inmarcesible, desgraciado amor... Los gatos andaban por los tejados y las estrellas brillaban en el firmamento. Amanecía sobre la ciudad. Los pajaritos piaban, ateridos de frío, y los traperitos iban en sus carros a recoger las basuritas... "
Recogido en La dama pájara, Madrid: Espasa Calpe, 1994.
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