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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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MUEBLES A PLAZOS
"El diablo, cuando en el mundo empezó a faltar el dinero, inventó el arte de sacárnoslo del bolsillo con malas mañas e inspiró la extraña institución de la venta a plazos, esclavizadora, fatal, y, ni qué decir tiene, mucho más cara. ¿Que tiene usted poco dinero? -se nos argumentó- ¡no se preocupe!, ya que con la venta a plazos de lo que usted necesite o se le antoje, todo le costará un poco más y siempre tendrá usted, como para compensar, algún cuarto de menos en el bolsillo. Con este agudo razonamiento, la humanidad que, dígase lo que se quiera, es masoquista, ya que de no serlo no tendría explicación nada de lo que sucede, picó, y se empeñó y se acostumbró, como a la cosa más natural del mundo, a seguir pagando -eso sí, a plazos- los sofás-camas que ya, de puro viejos e inservibles, duermen arrumbados en el desván, ese limbo de los injustos donde acaban durmiendo su relativamente eterno sueño todos los trastos jubilados. Pero George Martins, soldado americano de la última guerra, aprendió muchas cosas de la vieja Europa y, al volver a su próspero país, se propuso, como quien no quiere la cosa, revolucionar la técnica de las más sentimentales adquisiciones: una butaca para su mujercita inglesa que pronto vendría de las costas de acá, por ejemplo. George Martins, puesto en el trance de amueblar su hogar, pensó que a una mujercita, la suya, acostumbrada al confort, por lo menos en teoría, no le vendría mal una amplia butaca en la que descabezar un sueñecito, o hacer crochet, o leer a Walter Scott, que para todo sirven. Y George Martins, hombre dinámico y a quien nada se le pone por delante, se lanzó, ni corto ni perezoso, a la búsqueda de la butaca, vamos, de la butaca de la señora Martins, que ya tenía un hijo que era el vivo retrato de su padre, etc. George Martins recorrió los almacenes neoyorquinos hasta que en uno de ellos -no podemos precisar en cuál- se topó con una butaca que era, exactamente, la que él había soñado: una butaca amplia, sólida, de aspecto inmejorable, bien tapizada, con flexibles muelles, de elegante línea; una butaca , en fin, sesenta y cinco dólares, lo que tampoco es mucho -si se va a ver- para semejante butaca. Como George Martins, hombre ordenado, no tenía sesenta y cinco dólares dispuestos para gastárselos en la butaca de Mrs. Martins, optó por llevársela sin pagar, fórmula mal vista, cierto es, pero conocida en todas las latitudes Con la butaca en su casa, el ex combatiente George Martins empezó a contarse a sí mismo la bella fábula del hogar recién erigido y pronto ocupado por su vástago y por su mujer, que ya venía navegando por la mar abajo, camino de la nueva patria. -Qué contenta se va a poner Fulanita- se decía George mirando para el techo- cuando se vea instalada en su butaca. Yo creo que no echará nada de menos a su amada y bien instalada Inglaterra.... Y Fulanita, como todo, tarde o temprano, acabó llegando y se sentó en su butaca y se sintió feliz, verdaderamente feliz; pero a los pocos días de Fulanita, que venía de muy lejos, se presentó la policía, que venía de muy cerca, a preguntar por el sillón. -Sí señores -explicó George Martins, a los agentes, es cierto que la butaca no la he pagado. Yo, ¿qué quieren ustedes?, no tenía sesenta y cinco dólares para pagar la butaca. Yo nunca jamás he tenido sesenta y cinco dólares para butacas. Pero yo necesitaba una butaca, mi mujer -ahí la tienen ustedes- iba a llegar de un momento a otro, y mi mujer, señores agentes, es inglesa. ¿Cómo iba a instalar yo en mi casa a una inglesa -aunque esa inglesa sea mi mujer- sin una butaca donde pudiera sentarse. como es costumbre que se sienten las damas inglesas, a descabezar un sueñecito, a hacer un poco de crochet, o a leer Ivanhoe del señor Walter Scott? La policía neoyorquina, poco conocedora, sin duda, de las costumbres de las damas inglesas, ya que no en balde es, en una proporción del noventa por ciento, irlandesa, cogió de un brazo a George Martins y lo sentó delante del juez. Pero al juez fue a verlo la mujer de Martins. -Señor juez -le dijo-, sea usted clemente con mi marido. Mi marido, aunque haya robado esa butaca, no es un ladrón. Mi marido, lo único que quiso fue instalarme un poco más cómoda. Perdónelo usted y, sobre todo, procuren que no se enteren en Inglaterra: es una cosa que siempre daría lugar a murmuraciones... La noticia de la agencia no nos dice cuál fue la determinación del juez. Pero si el juez tiene un fondo de ternura o un mínimo sentido del humor, acabará enviando a Martins a su casa, a contemplar, con el corazón transido de tristeza, el sitio que ocupara, en tiempos mejores, la hermosa butaca de su mujer."
Recogido en Garito de hospicianos. Guirigay de imposturas y bambollas; Esplugues de Llobregat, Plaza & Janés; 1996
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