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El artículo de Camilo José Cela |
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LIBROS VIEJOS Declaro mi amor por los libros viejos, vicio que me conocen quienes me tratan y que ignoran mis amigos los libreros anticuarios; en sus tiendas amables y en misteriosa penumbra pasé muchas horas de mi vida, y en sus arcas elásticas e históricas me fui dejando, años tras año, un dinero quizás excesivo para mis yermos caudales. Quede claro que no estoy ni pesaroso ni arrepentido, ya que siempre me importaron más los libros que los cuartos que tuve que dar por ellos. Casi todos los días cae en mis manos algún catálogo que hojeo con ávida curiosidad, ya que pocas emociones pueden ser comparables a la de darse con el libro largos años buscado y durante tiempo y tiempo en huida. El mercado de los libros viejos es misterioso y no siempre se rige por la ley de la oferta y la demanda, anciana como el mismo mundo y las eternas reglas y usos del comercio; otras son las causas que también inciden sobre su precio, y querer estudiarlas con una mínima probabilidad de acertar es algo que por ahora no se ha conseguido sino de forma muy parcial y aproximada. Se sabe, sobre poco más o menos, el precio de las ediciones clásicas del Quijote, pongamos por caso, pero se ignora el del folleto perdido, o el del libro olvidado sin justicia, o el del discurso cuyos ejemplares se repartieron entre quienes no supieron guardarlos. Algún día quizás empiece a publicar las papeletas de mi librería; algunas pueden resultar curiosas y quizás orientadoras para alguien, con lo que, sin duda, ya quedaría justificado el trabajo que hubiera de tomarme. Destierro el afán coleccionista porque un libro no es una pieza de museo sino una herramienta.
Recogido en La bola del mundo, Madrid: Organización Sala Editorial, 1972
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