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El artículo semanal de Camilo José Cela |
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MEDITACIÓN ANTE UN VIEJO RELOJ
El viejo reloj del escritor es un reloj humilde, un reloj que ha marcado ya, y resignadamente, muchas horas, las horas buenas y las horas malas, las horas del jolgorio y las horas del luto, las horas de la esperanza y las horas de la desesperación. El viejo reloj del escritor tiene el alma llena de cicatrices como el banco de los parques públicos, el banco que meció el amor y que acunó el hambre, el banco que supo del niño huérfano y de la niña feliz, del hombre bueno y de la mujer enferma, de las carnes dolientes y de las violentas carcajadas de la sinrazón. El viejo reloj del escritor es un alma cuyo tic-tac sobrecoge. Louis Berthoud, en sus Conferencias sobre la relojería, no habla del viejo reloj del escritor. Dubois, en su Historia, tampoco lo alude. Claudio Saurier, en su Gran tratado, también lo omite. El viejo reloj del escritor es un viejo reloj sin bibliografía. En casa del herrero, cuchillo de palo. El viejo reloj del escritor será enterrado, cuando ya no pueda arrastrar sus ruedecillas, en la fosa común de los relojes, y por él arderá, perenne y vigilada, la eterna llamita de la tumba al reloj desconocido, al reloj que cumplió con su deber sin saber ni cómo se llamaba. Cronos, el anciano y desprestigiado dios del tiempo, el dios que está muriendo paradójicamente, de vejez, quizá llore, allá en su limbo remoto, la humillación de ver contadas sus horas por el viejo reloj del escritor que es un reloj natural, un reloj sin padre conocido, aunque también un reloj honesto, cumplidor y rebosante de ternura. El viejo reloj del escritor, un reloj incansable y que rezuma cansancio, late, lleno de orgullo anónimo, como un héroe sin nombre, viendo danzar el tiempo en su esfera artesana, como la santa tierra escucha danzar la moza que va pespunteando emociones con su tacón de los domingos. Todo es cuestión de un ritmo, de un ritmo contenido, amoroso, preciso. Gerberto, el paciente monje de Aurillac que construyó, antes del fin del mundo que no llegó, el reloj de Magdeburgo, hubiera entendido este golpecillo tímido del viejo reloj del escritor. A Pacífico, el arcediano de Verona que alternó los latines con la mecánica, le hubiera sucedido sin duda lo mismo que a Gerberto, el que más tarde había de llamarse Silvestre II. Vuela por los aires más distantes un entendimiento remoto que aúna, por razones que aún no entendemos, el tallito de todas las voluntades, aun las más dispersas. Y la máquina para contar este número de oro ha de salir, como el reloj de Ricardo de Wallingfard, de la esfera que Anaximandro de Mileto inventó para los lacedemonios. No hay otro camino. El viejo reloj del escritor, con su aire de otoñal tiple de ópera, sabe ya el secreto, el mudo secreto de todo lo que los hombre aún ignoramos, ese secreto que, como el agua que fluye o el amor que se derrama, se siente, se goza y se padece, pero no se conoce. El viejo reloj del escritor, que cuenta con una cautela implacable y con una humildad casi cruel, las horas que inexorablemente nos derribarán como a un castillo de cartas de baraja, vela en la oscuridad profunda de la noche, sin una sola concesión a nada, porque sabe que su primer bache ha de acarrearle la ruina, la muerte y, lo que es peor, el olvido. Y el escritor, espantado espectador del tiempo, se queda absorto ante el péndulo que va y viene, como un jilguero ante el mirar sin párpados de la serpiente que lo devorará. Si el escritor fuera hombre de dinero, quizás en vez de escritor fuera coleccionista de relojes. Como es pobre, se conforma con el oficio que tiene. Después de todo, y bien mirado, el escritor es también una forma de ir contando pasos hacia la muerte. Cuando el cerrajero Pedro Henlein, de Nuremberg, hace ya cerca de cinco siglos, inventó el reloj de huevo, el reloj que se podía llevar en el bolsillo del jubón, individualizó la idea de la muerte, que antes de él no sonara más que en las altas torres municipales y episcopales. Y este saberse morir desde el bolsillo, que fue una idea del Renacimiento, hace ya tiempo que dio sus frutos. Tanto tiempo que, a lo mejor, lo estamos empezando ya a olvidar. El viejo reloj del escritor es un reloj sin lema y sin leyenda, como los apellidos sin armas y sin historia. Y el escritor, que ama lo auténtico, lo originario, se siente pobre e incapaz de inventarle una bella frase sobrecogedora. Quizás sea mejor que lo humilde no pierda la huella de lo humilde. Para vernos morir, cualquier reloj es bueno. Las horas del viejo reloj del escritor no son más lentas ni más veloces que las horas del reloj de rubíes de Fatio de Ginebra.
Recogido en Cajón de sastre, Madrid: Cid, 1957
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